A veces ocurre por casualidad: se llega uno hasta una población determinada, bien buscando algo en particular o bien dejándose simplemente llevar por los diferentes encantos de su riqueza artístico-cultural y se encuentra con un espectáculo inesperado. Ocurrió en Pastrana, el pasado mes de mayo, algunos minutos después de dejar momentáneamente una Plaza de la Hora prácticamente desierta, mientras -tal vez suene mal decirlo, pero es la pura verdad-, husmeaba curiosón, cuando no fascinado, en las habitaciones privadas de toda una Grande de España: la princesa de Éboli. Pero que nadie se llame a escándalo y que me perdone, que tanto me da, su Majestad Don Felipe II, que había prohibido terminantemente las visitas, pues juro y perjuro que en mis intenciones no había dengue pitocrático o donjuanesco alguno y sí, quizás, un interés sufí, cuasi-místico por saber hasta qué punto, séase Grande o Pequeño en España, en el Congo o en la China, una persona puede vivir emparedada la mitad de su vida y no intentar, siquiera una vez, romperse la crisma contra los barrotes de su prisión. Pero claro, eso es otra historia. Nada más cierto, que hubo un momento -suddenly, dirían los americanos, que ya le pusieron ese título a un clásico del cine negro en el que la Voz, es decir, Frank Sinatra hacía de malo, pero malo, malo-, en que repentinamente -recuerden: suddenly- la voz de la guía se acalló y en su lugar, el rugido de cien truenos furibundos me sacó de esa pequeña ensoñación, en la que meditaba sobre un episodio tan cruel de la crónica negra de nuestro Siglo de Oro. Pero claro, eso es otra historia, y como bien dice el refranillo popular, una imagen vale más que mil palabras. Sirva, no obstante, como preámbulo al próximo recorrido lúdico-cultural -¡jolines, que no todo va a ser siempre románico!- por una de las ciudades más atractivas y encanto históricamente constatadas de Guadalajara: Pastrana, Quedan, pues, invitados a acompañarme.
Impresiones de un caminante madrileño recorriendo los lugares más emblemáticos y esotéricos de la provincia de Guadalajara
martes, 4 de agosto de 2015
jueves, 30 de julio de 2015
Cifuentes: el cimborrio de Santo Domingo
Otra
de las maravillas de Cifuentes, que generalmente suele pasar desapercibida
frente a la monumentalidad de su conjunto histórico-artístico o la riqueza
folklórica de sus numerosas leyendas, es ésta maravillosa y esencial parte
constitutiva de la iglesia de Santo Domingo que, como ya se dijo en la entrada
anterior, está unida a lo que en tiempos fuera el convento dominico de San Blas,
originalmente enclavado en un lugar llamado Los Tabares, a dos kilómetros de
Cifuentes: su templete o cimborrio. De bizantino diseño, reminiscencia importada
de la más arcaica y sorprendente arquitectura escatológica oriental, basada en
los antecedentes musulmanes referidas al Sepulchrum
Domini, su forma octogonal recuerda –tanto por su belleza, como por su
perfección, no exentas de sugerente misterio- los grandes hitos arquitectónicos
que, tanto dentro como fuera de las lindes típicas de los caminos de
peregrinación peninsular, atraen irremisiblemente la atención de peregrinos,
viajeros, turistas, curiosos y amantes del Arte y de la Historia en general.
Lejos, evidentemente, de la época bajo medieval en el que fueron felizmente
concebidos sus precedentes románicos –Santa María de Eunate, Santo Sepulcro de
Torre del Río, Vera Cruz de Segovia o Santiago, en el Monsacro asturiano-, este
tipo de construcción –exenta, eso sí, de las soberbias rotondas o
deambulatorios de los modelos originales- volvió a resurgir con una fuerza
inaudita, a partir de los siglos XVI y XVII, cuando el declive de ese arte ar-gótico, como decía Fulcanelli, fue
cediendo terreno a formas arquitectónicas con menos imaginación –bajo mi punto
de vista- y más recargadas, como son los denominados estilos renacentista y
barroco. Curiosamente, se constata que este tipo de construcción, suele
albergar tallas de Cristo consideradas como milagrosas –caso de Almazán y
Briones-, así como también, venerables advocaciones marianas –en algún caso, de
Virgen Negra, como la Soterraña de
Olmedo-, que despiertan, igualmente, un gran fervor popular.
viernes, 24 de julio de 2015
La Ruta de los Salvadores pasa por Cifuentes
Como
hemos aventurado en numerosas ocasiones, existían antiguamente numerosas rutas
y caminos que, atravesando la Península de norte a sur y de este a oeste, iban
recalando, como si de un imaginario juego de la oca se tratara, en pueblos y
ciudades que tenían, como denominador común, la advocación de su iglesia
principal: el Salvador. De ahí, que metafóricamente hablando, a éstas rutas,
digamos, coincidentes, se las denominaba precisamente así en numerosos ámbitos:
Ruta del Salvador. Cifuentes, o la ciudad de las cien fuentes –una
exageración, que no obstante, indica un lugar bien aprovisionado de tan vital
elemento-, es una de ellas, además de constituir, de paso, uno de los
principales núcleos de población de esa zona tan prolífica e interesante de la
provincia de Guadalajara, conocida como la Alcarria. O como decía Camilo José
Cela, allá, a finales de los años cuarenta, cuando realizó sus pinitos
mochileros: La Alcarria es un hermoso
país al que la gente no le da la gana ir (1). Situada en la parte superior
y a la vez casco histórico de la ciudad, siendo, además, vecina del convento y
claustro de San Blas –santo al que, según la tradición, martirizaron en el
cercano pueblo de Gargolillos, como también apunta Cela-, al que se mantiene
unida la iglesia de Santo Domingo, con su magnífico cimborrio de forma
octogonal, la iglesia del Salvador, aun habiendo sufrido numerosas
transformaciones a lo largo de la Historia, hunde sus cimientos a finales del
siglo XIII, conservando, no obstante todavía, parte de esos dos principales
estilos con los que fue concebida: un románico tardío y un estilo gótico,
revolucionario pero imperfecto –como
apuntaba aquél otro genio de la arquitectura, que fu D. Antoni Gaudí i Cornet-,
que comenzaba a despuntar con fuerza en occidente. Del primer periodo, es
decir, de ese románico tardío, se conserva una magnífica y cuando menos
sorprendente portada que, recibiendo el nombre del Apóstol Santiago, deleita y
a la vez estremece por su temática, reproduciendo la sempiterna lucha entre
virtudes y defectos –cuya víctima colateral era una sociedad medieval imbuida
todavía de tinieblas-, que se basaba en el poema clásico de Prudencio,
denominado La Psicomaquia. Poema y
temática, por otra parte, que con posterioridad formaría parte, así mismo, de las
grandes epopeyas escatológicas cristiano-musulmanas, desarrollada por los
viajes al otro mundo de Mahoma y
Dante, si bien otro antecedente clásico lo tendríamos en la Eneida de Virgilio y el descenso del héroe troyano Eneas a los
infiernos, por no remontarnos a las epopeyas babilónicas del héroe Gilgamesh.
Pero este tema, formará parte de otra historia. Por cierto, que es en esta
parte del templo, orientada hacia poniente, donde se localizan, además,
numerosas marcas de cantería en sus sillares. Otro de los detalles que más
sobresalen y situado por encima de esta portada, es el magnífico rosetón, de
estilo, podría decirse que cisterciense, cuyos cristales, vistos desde el
interior y afectados por la luz, nos ofrecen la visión de Cristo como héroe solar, siendo los doce apóstoles
los rayos que, simbólicamente hablando, iluminarían el mundo. El interior del
templo, precisamente, sobrecoge; bien por sus dimensiones –tanto a lo alto como
a lo ancho- bien por esa otra y no menos sempiterna batalla entre la luz y las
tinieblas que se desarrolla a la vera de ese imaginario bosque de palmeras,
conformado por las columnas, las bóvedas, los puntos de clave y los arbotantes,
que aun formados por esa materia prima y noble que es la piedra, no dejarían de
ser la representación simulada de los antiguos bosques sagrados. A tal efecto,
no debería de extrañarnos la reflexión de San Bernardo, relativa a que es
precisamente en la naturaleza, entre árboles y rocas, donde está la mejor de
las escuelas. A pesar de los efectos devastadores de la Guerra Civil, donde se
perdió prácticamente en su totalidad la gran riqueza patrimonial contenida en este
monumental templo, todavía conserva ciertas reminiscencias interesantes, como
algunos capiteles originales, de foliácea austeridad, algún motivo antropomorfo
en las claves de bóveda, así como un magnífico púlpito labrado, donde se
muestra una curiosa escena de adoración mariana, compuesta por una Virgen
entronizada por debajo de una cabeza muy peculiar, que aunque a priori
represente la figura de Dios Padre, semeja, por su aspecto, a aquellos otras
conocidas como hombre-verde, y donde se aprecian doce personajes alrededor.
Personajes que, por coincidencia con el número, podrían ser tomados como los
apóstoles, si no fuera por un detalle, ciertamente sorprendente: el primer
personaje de la derecha, arrodillado, es una mujer. Lejos de pensar, en la
figura tan controvertida del discípulo amado, en muchas ocasiones identificado
no con el Evangelista sino con la Magdalena, hay que contemplar la escena
observando el personaje masculino homólogo del lado izquierdo, también
arrodillado, así como el escudo que se aprecia a los pies del trono de la
Virgen, y que posiblemente corresponden a alguna de las familias nobles cuyos
restos se hayan en las capillas adyacentes. Entre las más conocidas, se
encuentran los Alce, los Calderón y los condes de Cifuentes. Posiblemente, se
trate de estos últimos. Como colofón, decir que en las proximidades de
Cifuentes, se localizaba el monasterio de Óvila, comprado por el magnate
norteamericano de la prensa, Randolph Hearst –el famoso Ciudadano Kane de la película de Orson Welles-, en las postrimerías
de la Guerra Civil y trasladado piedra a piedra a los Estados Unidos.
(1) Camilo José Cela: 'Viaje a la Alcarria', Editorial Espasa Calpe, S.A., Colección Austral, decimoctava edición, 30-V-1989, página 19.
miércoles, 8 de julio de 2015
Románico seguntino: Santiago y San Vicente
Aun a
duras penas, aunque muy malogradas en su conjunto, todavía sobrevive parte de
ese antiguo esplendor románico que caracterizó en tiempos a Sigüenza, no sólo
visible en la zona de la cabecera de su magnífica catedral, sino también, no
muy lejos de ella, en las iglesias de Santiago y de San Vicente. Dos templos,
cuya advocación, independientemente de otras consideraciones, nos derivan hacia
personajes de sólida relevancia en la Historia y en el Arte de nuestro pequeño
pero multifacético solar hispano, pues con ambos, en mayor o menor relevancia,
evidentemente, se desarrollaron caminos de peregrinación, a la vez que
interesantes escatologías, como son
la ortodoxa romana y la mozárabe. Porque hemos de tener en cuenta, que si la
peregrinación a Santiago supuso la apertura de unas fronteras que habían
quedado en el olvido prácticamente desde la caída del Imperio Romano, la
peregrinación a los santuarios vicentinos
–donde el principal, parece ser que era aquel que se levantaba en el Cabo San
Vicente y que fuera arrasado con la invasión de las terribles hordas
almorávides-, mantenía un inusitado tráfico de fieles, tanto de origen
cristiano como de origen musulmán, siendo el ejemplo más visible de ésta,
digamos, comunión entre gentes del Libro,
la maravillosa ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga, situada en la
vecina provincia de Soria.
Localizadas
en la calle Mayor, la de Santiago –junto a un antiguo palacete de origen
gótico, sobre cuyas ventanas lucen escudos con las armas de antiguos y
conocidos linajes y algunas interesantes Taus-,
y en aquélla otra situada prácticamente enfrente de la también gótica casona
del celebérrimo Doncel –aquél que duerme su eterna juventud en la catedral-,
parece constatada la intervención de alarifes de origen mudéjar –descolgados
tras la Reconquista-, que dejaron patente su habilidosa disposición a la hora
de labrar rodillos, formas geométricas y vegetales, toda vez que tenían
terminantemente prohibido la reproducción de imágenes. Llama la atención, no
obstante sobre la portada principal de ésta última, la presencia de una figura
mariana, una Virgen con Niño, sedente y entronizada, de aspecto gotizante, que
no parece corresponder con el templo y es posible que en origen, hubiera pertenecido
a la cercana catedral. Dispone también ésta iglesia de San Vicente de otra
portada, sencilla, de puntas adamantinas, que da a la pequeña y estrecha calle
de Jesús.
jueves, 14 de mayo de 2015
Fortis Seguntina, la catedral de Sigüenza
Impresiona
su aspecto de solidez, de inconmensurable fortaleza desde cuyo corazón los
mitrados seguntinos dominaban aquéllas vastas extensiones arrebatadas a los
musulmanes tras una cruenta reconquista que se localizaba a escasos kilómetros
de una tierra, la soriana, considerada hasta entonces -aproximadamente, el
siglo XII- como la frontera del Duero: aquéllas esteparias tierras de nadie,
que separaban los dominios de la España cristiana y la España musulmana.
Durante siglos olvidada -como así nos recordaba Francisco García Somolinos,
cuando en mayo de 1852 escribía, en un magnífico artículo (1), aquello de: ni su magnificencia, ni su mérito artístico,
merecían tan vergonzoso olvido...-, la catedral seguntina, dedicada a la
figura de Santa María la Mayor, ha recuperado parte de su antagónico
protagonismo, toda vez que, afortunadamente, hace años que está despertando en
España una sensibilización generalizada -más popular que gubernamental, por
desgracia-, que se caracteriza por un tipo de turismo más exigente, que huye de
los típicos y tópicos paquetes de la España cañí: el cultural. Sin duda, en
base a ésta influencia, es posible asistir a esos intensos episodios
medievales, cuyos arquetipos y protagonistas van interactuando en la
imaginación del espectador que, toda vez franqueada la entrada, se enfrenta a
pecho descubierto con lo más notable de un universo, el medieval, que creaba en
base al espíritu. Un espíritu, todo sea dicho, sobre el que también se fueron asentando
visiones artísticas y espiritualidades posteriores, de la misma manera que
aquéllos se elevaron sobre cosmogonías anteriores. No es de extrañar, por
tanto, que desde el ejemplo primordial de la caverna –ya considerado por los
filósofos griegos, como Platón- y de los bosques sagrados, hasta los excesos churriguerescos representativos del
barroco, las grandes catedrales, como esta Fortis
Seguntina, sean aulas vivas y autosuficientes, capaces, por propia inercia,
de interactuar desde las infinitas soledades de sus melancólicas umbrías, con
destellos de genialidad y pasión donde, a poco que el observador se fije, verá
una sucesión de mitos y técnicas superpuestas, destinadas a influir sobre sus
percepciones, pues no en vano constituían el pilar de conexión de dos mundos
aparentemente antagónicos, como son el terrenal y el espiritual. A través de
una visión global, hemos de suponer, así mismo, que como complementos de la
arquitectura sacra, especialidades encuadradas dentro de las denominadas Bellas
Artes, como la escultura y la pintura, contribuían también –y lo continúan
haciendo- a despertar ese lado anacrónico o estado de ánimo primordial
encaminado a despertar ese niño dormido
–comparativamente hablando- que en el fondo no deja de ser la consciencia, si
bien un excesivo recargo –aluminosis
artística- echó a perder otra de las magníficas cualidades que poseían,
como auténticas máquinas de resonancia que eran en un principio, destinadas,
igualmente, a potenciar la expansión de la conciencia de los fieles.
Actualmente continúan constituyendo un lugar de culto, sí, pero también improvisados
museos de arte sacro, donde incluso la heterodoxia tiene su hueco y su estado.
Tomemos, como aviso para navegantes, el ejemplo de esa formidable figura de San
Cristóbal transportando a Cristo Niño –cuya presencia en catedrales y
colegiatas debió de ser considerablemente notable en tiempos- que recibe al
visitante apenas franqueado el umbral de su puerta de poniente; el mismo que,
en palabras textuales de Robert Graves (2), desposeyó
a Hércules, quien había rendido el mismo servicio al dios Dioniso. O la
figura, hieráticamente isíaca de la propia Patrona seguntina, Santa María la
Mayor, juez y parte, desde el infinito abismal de su impenetrable velo –como diría
Madame Blabatzsky- de concepciones materno-lunares en las que se basaban las
primeras conciencias humanas. Incluso ese canto a la eterna juventud,
representado por ese indolente Doncel, que aparece recostado sobre su propia
sepultura, luciendo en el pecho la cruz roja de Santiago, inmerso en la
prístina, romántica nube dorada del dolce
far niente, con un libro -¿de Horas?- en sus finas y amaneradas manos, no
muy lejos de ese figurativo rey Amfortas
de los caminos, San Roque, mostrando, a la manera de los iniciados, su
muslo herido, acompañado de perro –como aquél amigo ctónico que también se advierte en ocasiones acompañando a oscuras
santas, como Santa Quiteria-, y el ángel, sobre el que resulta difícil no
preguntarse si quizás sea el mismo que le ofreció el Cáliz Amargo a Jesús en el Huerto de los Olivos.
Y es que, en definitiva, adentrarse en los claroscuros inconmensurables de la Fortis Seguntina, es otra forma de recordarnos que, después de todo, continúan existiendo resquicios de una Iberia, cada día más lejana, que sin duda fue inequívocamente mágica en el pasado.
Y es que, en definitiva, adentrarse en los claroscuros inconmensurables de la Fortis Seguntina, es otra forma de recordarnos que, después de todo, continúan existiendo resquicios de una Iberia, cada día más lejana, que sin duda fue inequívocamente mágica en el pasado.
(1) Francisco García Somolinos: 'La catedral de Sigüenza', Semanario Pinturesco Español, 25 de mayo de 1852.
(2) Robert Graves: 'Los dos nacimientos de Dioniso y otros ensayos', Editorial Seix Barral, S.A., Barcelona, 3ª edición, septiembre de 1984.
martes, 24 de febrero de 2015
La Patrona de Sigüenza: Santa María la Mayor
Probablemente
gótica, y quién sabe si quizás sustituya a una más antigua de connotaciones
típicamente negras, la venerada imagen de Santa María la Mayor, Patrona de ésta
antigua y noble villa de Sigüenza, merece, sin duda, una llamada de atención,
más allá de los inconmensurables añadidos artísticos contenidos en el recinto
de la catedral que la alberga. Entronizada, como la gran mayoría de imágenes
devocionales de la época, basadas en modelos anteriores y de más que probable
origen oriental –de hecho, la vía de introducción de este tipo de imágenes, fue
la capital del Imperio Romano de Oriente, Bizancio, la actual Turquía-, la
imagen virgino-seguntina que se
expone en un magnífico retablo barroco -no muy lejos de donde una alusión
pagana sorprende al visitante, mostrando al Hércules cristianizado, San
Cristóbal-, contiene algunos detalles de inequívoco interés. Uno de ellos,
podría ser, por poner un ejemplo, ese corte que parece tener en la mejilla
derecha y que bien pudo haberse producido como consecuencia añadida a las
terribles luchas mantenidas durante la Guerra Civil de 1936. Un corte que le da
un peculiar aspecto, añadido al hieratismo y desapego propio de este tipo de
imágenes. Poderosamente llama, así mismo la atención, la amalgama de colores,
en la que parecen sobrevivir los colores originales de la imagen –dorado, rojo
y azul- con otro tono púrpura que, según parece, le fue aplicado en 1313 por
orden del obispo Simón Girón de Cisneros, para ocultar su deterioro, de la que
sobreviven extensos rastros, incluida la mano derecha de la Virgen, que
sostiene una flor, también tradicionalmente asociada: el lirio o flor de lis.
No se vislumbra el brazo izquierdo, sino como una extensión del propio Niño que
sostiene en el regazo; Niño que, posiblemente, en su mano izquierda sostuviera
originalmente una bola, elemento simbólico muy común también a este tipo de
imágenes, pero que igualmente formaba parte de la simbología de cultos
anteriores, donde de similar manera estaba asociado con la figura universal de la Gran Diosa Madre.
Conocida
como la Virgen que mira al pueblo, fue traída por el obispo Bernardo de Agén,
reconquistador y restaurador de la diócesis. Se la considera, además, del tipo socia belli, es decir, compañera de batalla –como la denominada
Virgen de las Navas que se conserva
en el monasterio soriano de Santa María de Huerta, de la que en el siglo XIX el
marqués de Cerralbo sugirió la posibilidad de que fuera la que acompañó al
arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada en la famosa batalla de los Tres Reyes o de las Navas de Tolosa-, y antes de ocupar su lugar actual en la
catedral, estuvo en varios emplazamientos, entre ellos, la iglesia de Santa María de los Huertos, actualmente
iglesia de las Hermanas Clarisas.
jueves, 12 de febrero de 2015
Sigüenza: Nuestra Señora de los Huertos
La construcción actual, es del
siglo XVI, pero nada indica, a juzgar por la historia antigua de la romanizada
ciudad celtíbera de Segontium, que no
hubiera habido allí mismo una construcción anterior como se piensa, e inclusive
el posible emplazamiento de la que, así mismo se supone, fue su antigua
catedral. Su advocación, no obstante, de
los Huertos, invita a especular –digo bien, especular-, no sólo como
referencia convenientemente maquillada de las deidades de la fertilidad de los
antiguos cultos precristianos, sino también, con la coincidencia añadida
referida a lugares puntuales del Camino Jacobeo y a antiguas y a la vez
mistéricas órdenes medievales de caballería, donde se podría sugerir, como
pintoresco ejemplo, la antigua iglesia templaria de Santa María dels Horts o de los Huertos, actualmente conocida como
iglesia del Crucifijo, en base al peculiar Cristo renano crucificado en una
pata de oca, que se localiza en una de las capillas laterales de su interior.
Elegante en su diseño, y
convertido en convento de clausura –el nombre de las clarisas por el que se le conoce, es suficiente tarjeta de
presentación-, responde, según comentarios autorizados, a una mezcla de gótico
tardío y primer renacimiento castellano. Cabe destacar de su estructura, y
aparte de las gárgolas y otras relevantes figuras –entre ellas, la de Santiago
peregrino-, la forma hexagonal de su ábside o cabecera. Destaca, así mismo, uno
de los escudos que se aprecian en la fachada, que muestra, en los cuartos
separados por una cruz de San Andrés, dos pequeñas cruces florenzadas en ambos
laterales, ocupando el cuarto superior, una media luna y una estrella de ocho
puntas. De su interior, y conservando íntegra su policromía original, son
reseñables los puntos de bóveda, así como aquellos otros, laterales, en los que
se aprecia a ángeles portando el escudo anteriormente descrito y la jarra con
los lirios o azucenas, característico de la figura de la Virgen y de las
edificaciones de carácter cistenciense.
El pequeño retablo principal, está presidido por una imagen de la Virgen titular, Nª Sª de los Huertos, perdido su sedentarismo y con el Niño en brazos. Una imagen, no obstante interesante, bien de alabastro o de piedra policromada, cuyo diseño recuerda bastante -salvando algunas diferencias- aquélla otra imagen virginal que se localiza en la denominada Capilla de Adoración de los Sagrados Corporales, en la basílica de Santa María de Daroca, provincia de Zaragoza. La parte superior del retablo, muestra la milagrosa aparición de la Virgen entre un coro florenzado del que asoman cabezas de querubines, definiéndose el resto de escenas en diferentes episodios de la vida de ésta y de Jescristo.
lunes, 2 de febrero de 2015
Inmortal Sigüenza
Sin duda, uno de los lugares más
atractivos de la interesante idiosincrasia de una provincia como Guadalajara,
no es otro que esta hermosa y a la vez
referente ciudad de Sigüenza. O si se prefiere, la antigua Segontia arévaca, de cuyos restos, trillados y roturados en una y
mil faenas campesinas a lo largo de los siglos, apenas queda rastro, como ya
afirmaba Don Manuel Pérez-Villamil a finales del siglo XIX, pero que, sin embargo, todavía
conserva buena parte de ese arcano y primitivo esplendor, que hicieron de ella,
una de las ciudades más importantes y poderosas de la época medieval. Desde la
magnífica planta de su imponente catedral, la
fortis seguntina, hasta el perdido esplendor de sus templos bizantinos,
como el de Santiago o el de San Vicente, pasando por la magnificencia gótica de
Santa María de los Huertos o la singularidad de la ermita de la Vera Cruz, sin
olvidar, desde luego, la belleza y los misterios de su histórico casco antiguo,
barrio que fuera de artesanos, donde todavía se conserva en pie la casa solariega
de la familia más laureada del lugar, los Vázquez de Arce, de la que procedía
aquél que quizás sea su vecino más internacional, el llamado Doncel; la singularidad
de su calle y su Plaza Mayor o la antigua fortaleza actualmente reconvertida en
Parador Nacional, son sólo algunos de los detalles que, unidos a los numerosos
enigmas que plantean sus Patronas Marianas, hacen que una visita pausada a Sigüenza se convierta, después de todo,
en una genuina cuando no fantástica aventura, algunos de cuyos pormenores,
merece la pena conocer.
viernes, 16 de enero de 2015
La Puerta: iglesia de San Miguel Arcángel
Se puede acceder a este singular
pueblecito alcarreño, desde la carretera general que une Sacedón con Cifuentes
–recordemos, que en ésta última población, se localiza la iglesia del Salvador,
que todavía conserva en su magnífica portada de Santiago, una de las joyas
románicas de toda la provincia-, quedando situado, aproximadamente, a unos 15 ó
20 kilómetros de Córcoles y el monasterio de Monsalud. Lo más destacable, como
comprobará el viajero que un día se aventure a acercarse hasta allí, es el
imponente farallón rocoso, a cuya vera se acoge el pueblo…. Pero La Puerta,
también es un lugar que ofrece al viajero, multitud de detalles. Como
Cifuentes, aunque también bastante reformado, el templo de San Miguel Arcángel
constituye uno de los elementos bizantinos más interesantes, si no de toda la
provincia, sí al menos de esa Alcarria
inmortalizada por Camilo José Cela en sus celebérrimos viajes. De hecho, y
frente a la iglesia, un pequeño cartel que rompe y sesga el blanco de la
fachada, recuerda al visitante que precisamente en esa casa, éste descansó de
los avatares del camino, durmiendo una provechosa siesta. Ocurrió tal
acontecimiento, el día 9 de junio de 1946. Es decir, durante los pormenores de
su primer viaje. Pero no sería hasta años después –en 1986, cuando vio la luz
su Nuevo viaje a la Alcarria,
realizado viajando en Jaguar y
teniendo como chófer a una espectacular hembra de ébano, a la que cariñosamente
llamaba Oteliña-, que concretara
algunos detalles del lugar y de sus gentes, que tal vez –siempre, por supuesto,
sin ánimo de ofender-, no estaría mal consignar en la presente entrada. Por
ejemplo, su opinión de que, en vista de que se veían muchos ojos azules, cabría
la posibilidad de que por las venas de sus habitantes, corriera la antigua
sangre goda, derramada generosamente en la tristemente célebre batalla del
Guadalete. O también de que se les llama, además de pantorrilludos –como a los
de Cifuentes y Cereceda-, de la viga atravesá, como a los de Horche y a los de
Loranca de Tajuña. Típicos tópicos aparte, lo cierto es que, se mire por donde
se mire, La Puerta es un pueblecito en el que, por una serie de circunstancias –subjetivas,
si se quiere-, el viajero interesado por los misterios relacionados con ciertas
órdenes de caballería, como la de los templarios, no puede por menos que
sentirse, cuando menos suspicaz. Máxime, si sabe que, continuando por la
carretera comarcal que le ha llevado hasta allí, y en pocos kilómetros,
desemboca en Zorita de los Canes, sobre los restos de cuya fortaleza –sabiéndose
ocupada posteriormente por los calatravos, como se constata, así mismo, su
presencia en el monasterio de Monsalud y posiblemente también aquí en La
Puerta-, pesa la leyenda de una anterior ocupación de éstos. Relevante, así
mismo, es el mismo topónimo: La Puerta. Un topónimo que, siguiendo los
comentarios de Oursel (1), estaría en la línea de algunos otros topónimos –La Espina,
La Guardia, La Torre, etc-, que determinaban lugares ocupados por estos, cuando
menos, aguerridos monjes-guerreros.
La advocación de la iglesia, sin
ser determinativa, ciertamente, también es interesante, siendo, el Psicostático
Arcángel, uno de sus santos predilectos y coincidiendo su construcción –siglos XII
y XIII- con el periodo de mayor esplendor de éstos en la Península, no siendo
casual, tampoco, la posterior presencia calatrava en los lugares donde la
tradición popular los situaba, pues, como opina Juan Eslava Galán (2): es
revelador que las primeras hornadas de frailes calatravos salgan de las propias
filas del Temple. Algunos indicios permiten sospechar que, en sus inicios, en
1164, Calatrava pudo ser una filial templaria. De orígenes templarios o no, lo que sí es evidente, es que La Puerta es un curioso y atractivo lugar, que llama la atención por su entorno y donde el románico que todavía sobrevive en su iglesia de San Miguel, como se ha dicho al principio de la presente entrada, es una verdadera joyita, que bien merece la pena conocer.
(1) 'Peregrinos, hospitalarios y templarios', texto de Oursel, fotografía de Zodiaque, volumen 10 de la Serie Europa Románica, Ediciones Encuentro, diciembre de 1986.
(2) Juan Eslava Galán: 'España insólita y misteriosa', Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 2006.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Un monasterio de la Alcarria: Monsalud
Parcialmente recuperado, aunque su ruina consolidada haya adquirido un notable halo de mediático romanticismo -como pensaba el Maestro Gaudí, refiriéndose a las incompletas características de un estilo, el gótico, de cuyos edificios pensaba que sólo adquirían belleza cuando estaban en ruinas y eran poseídos por la Naturaleza-, tenemos en este venerable monasterio, el cenobio más antiguo de los cuatro que la Orden del Císter fundó en la provincia de Guadalajara. Emplazado a las afueras de la hermosa villa de Córcoles -que hemos de situar, a cinco kilómetros de Sacedón y a noventa kilómetros escasos de la provincia de Cuenca-, y no muy lejos, tampoco, del lugar donde se alzan las ruinas de una antigua ciudad romana, se supone que su fundación fue bastante anterior a la fecha de 1167 que se recoge en un documento histórico considerado como fiable -aunque lo fiable y lo apócrifo, en muchas ocasiones obedece a un estricto sentido de la conveniencia-, donde se le menciona en cierto legado realizado por Juan de Trebes, por aquél entonces, Arcediano de Huete. Dicho legado, sería posteriormente ratificado, en 1169, por el rey Alfonso VIII, que encabezó la llamada batalla de los Cuatro Reyes, más conocida como la batalla de las Navas de Tolosa.
Y hablando de tan celebérrima batalla, en la que tuvieron sin duda un papel destacado las órdenes militares como fuerzas de choque en primera línea, Camilo José Cela ya afirmaba, en su libro Nuevo viaje a la Alcarria, seguramente basándose en tradiciones populares recogidas en aquéllos lejanos días de los años cincuenta, cuando inició sus viajes por la provincia, que estas piedras del monasterio de Monsalud, vienen del siglo XII y, cuando se alzaban con mayor fundamento y armonía, fueron del orden o religión del Temple.
A falta de documentación histórica que lo avale, sí se sabe, no obstante, que los calatravos, orden, entre otras que se nutrió del despiece llevado a cabo con la orden del Temple y en parte heredó, también, algunas de sus metas y tradiciones, sí estuvo presente en el lugar. Y de cualquier modo, el espíritu templario que parece flotar en el ambiente, se ve hoy día sustituido por la presencia, más o menos generalizada de agrupaciones templarias modernas, como la Ordine dei Cavalliere del Templo di Hierusalem, que celebran allí parte de sus ceremonias, habiendo declarado al monasterio como Sitio Templario.
Fuera de controversias, lo que sí que es cierto es una visita al lugar, así como a esos pueblos alcarreños de los alrededores no deja de ser, aparte de su carácter cultural, toda una auténtica aventura que merece la pena emprender.
domingo, 30 de marzo de 2014
Historia, Arte, Belleza y Misterio de Guadalajara
Se acercan las vacaciones de Semana Santa, y como todos los años, caminos y carreteras esperan ese éxodo masivo de viajeros, en cuyo ánimo está el incondicional deseo de disfrutar extensamente de unos días reparadores, pero también, genuinamente intensos. Seguramente, muchos, siguiendo su instinto previsor, estén tranquilos, sabiendo que tienen asegurada la estancia en el lugar elegido. Pero siempre hay quien, por cualquier motivo personal que no viene al caso, no puede desplazarse como quisiera o no tiene seguro todavía qué hacer o a dónde ir. Para estos indecisos, y también para aquellos residentes en las cercanías, se sugiere una provincia que tiene mucha diversidad donde elegir, hasta el punto de que seguramente todos encontrarán algo en particular que les deje no sólo un buen sabor de boca, sino también un recuerdo inmejorable: Guadalajara.
Historia, Arte, Belleza, Misterio y Aventura al alcance de la mano.
jueves, 6 de marzo de 2014
Atienza: la iglesia de San Bartolomé
De la importancia que en la Edad Media tuvo la antigua Thitia -cuya conquista y reconquista produjo numerosos episodios sangrientos entre moros y cristianos hasta que unos y otros se dieron cuenta de su verdadero valor estratégico-, dan cumplido testimonio el gran número de iglesias que se levantaron principalmente de murallas hacia dentro. Uno de esos templos, es éste, dedicado a la figura de un apóstol cuya vida, en su mayor parte, continúa siendo un gran misterio: San Bartolomé.
Como la gran mayoría de templos de Atienza, de su primitiva fábrica románica, apenas quedad algunas reseñas destacables. Entre ellas, cabe destacar una pequeña galería porticada y una sencilla portada, que denota, lejos de la exuberancia de detalles ornamentales y referencias mitológicas que caracterizaban a la mayoría de construcciones similares de la época, la austeridad autoimpuesta por una orden que, poco a poco, fue asentándose con firmeza en la Península, dejando numerosos testimonios de su presencia en esta provincia de Guadalajara: el Císter.
En la actualidad, este templo, dedicado a una figura sobre la que simbólicamente se ha especulado en demasía y que además formaba parte conocida del particular santoral de una legendaria orden de caballería constituida por monjes-guerreros, los templarios, contiene un pequeño pero interesante Museo de Arte Sacro, en el que pueden admirarse piezas de singular valor, destacando, aparte de los curiosos atavíos litúrgicos, la figura de un magnífico Pantocrátor que, entronizado y coronado al modo de las Vírgenes Románicas, sostiene la bola del mundo en su mano derecha, mientras señala hacia los cielos con los dedos de la mano izquierda. También son reseñables, un hermoso calvario gótico, la escena del descendimiento de una de los retablos barrocos, así como alguna pila, románica, que posiblemente debió de pertenecer originalmente a la iglesia.
martes, 25 de febrero de 2014
Atienza: la iglesia de la Virgen del Val
Guadalajara es una tierra de
historia, y por defecto, también una provincia donde el misterio puede asaltar
la curiosidad del visitante que un día se deja caer, pongamos como ejemplo, por
una de sus villas que todavía conserva buena parte de su rancio pasado
medieval: la antigua Thithia. O lo que viene a ser lo mismo: la bella Atienza.
Obviando por el momento hacer
referencia a los numerosos atractivos que el visitante puede paladear
felizmente recogido dentro de sus murallas, sí me gustaría dedicar una mención
especial, a un afectado monumento románico situado extramuros de la ciudad. Un
monumento que, aún muy modificado en esencia, conserva, no obstante, una
portadilla tan particular, que no cometería ninguna grosera exageración, si a
ella me refiriera poco menos que como única en su género: la ermita de la
Virgen del Val.
Situada, como se ha dicho,
extramuros de los restos de las que fueran imponentes murallas de la ciudad, en
las que han vuelto a situar, como referencia, las indicaciones de Camino de
Santiago, la iglesia de la Virgen del Val –o del Valle, que tanto da-, hoy día
convertida en ermita y posiblemente alejada del culto salvo en fechas muy
particulares, ofrece, en la curiosa ornamentación de su portada, todo un enigma
no exento de curiosidad, que se presta, como un acertijo, a variadas formas de
interpretación. Está formada, por una arquivolta sobre la que una variada gama
de personajes, en número de diez hacen contorsiones, simulando esa Rueda de la Vida
–puede existir alguna concordancia, pues curiosamente ese número, el diez, es
el que tiene asignado en las cartas del Tarot la Rueda de la Fortuna-, bajo
cuyos inescrutables designios el ser humano se desenvuelve a merced siempre de
su impredecible destino. Ninguno de los personajes es igual, sino que, por el
contrario y en vista de su atuendo –que en eso, bien se podría pensar que puso
un particular interés el cantero que los talló-, muestran una visión
antropológica de la sociedad de la época. De manera, que junto al danzante
sarraceno, a juzgar por su turbante, podemos ver al clérigo cristiano con su
casulla, a los lacayos y posiblemente también al señor.
También podría ser aceptable, y de hecho, también más común, aquélla otra interpretación que ve en la portada alusiones a un tipo de vida y actuación que en la época era considerada como licenciosa: el mundo de la música, la danza y el espectáculo. Tal vez, motivado por dicha suposición, se piensa que esta iglesia, dada su situación extramuros de la ciudad, era frecuentada por goliardos o gentes de dudosa moralidad. No obstante, sea como sea, supone, después de todo, un interesante reto y a la vez, un detalle de interés dentro de ese particular estilo artístico, que ha sido denominado, poco acertadamente, en mi opinión, como el románico pobre de Guadalajara.
miércoles, 12 de febrero de 2014
El románico de Cubillas del Pinar
Considerada por algunos autores
como merecidamente ejemplar para incorporarla dentro del mosaico imprescindible
y reseñable del románico de la provincia, la iglesia parroquial de Cubillas del
Pinar hunde sus raíces en la segunda mitad del siglo XII, cuando el lugar, a
instancias y con la ayuda del obispado seguntino, fue repoblándose con gentes
del norte, atraídas por los avatares de una Reconquista, en la que a medida que
se iban asegurando los nuevos territorios, empujaba con altibajos, pero
inexorablemente, de vuelta al mar al invasor agareno.
Una prueba de su venerable
antigüedad, lo demuestra, visiblemente, el estado de las columnas de la pequeña
galería porticada, donde la erosión ha ejercido de escoplo y cincel, hasta el
punto de hacer que la piedra se retraiga sobre sí misma, ofreciendo, de una
forma natural, un aspecto cuasi silense en algunos casos. No obstante,
dejando aparte este detalle, así como el de algunas acciones de remodelación
que parecen haber cegado parte de la galería, el tempo que se ofrece a la vista
del visitante, es un templo de hermosa factura, proporcionado y de austeridad
cisterciense, ajeno, en sus detalles ornamentales, a la profusión de
referencias míticas alusivas, generalmente, a los pecados capitales, temática
característica y abundante en el románico peninsular, destinada a mantener a
raya a un pueblo sometido por el poder feudal, pero también eminentemente
temeroso de Dios.
A unos dos o tres kilómetros de
Cubillas, la población de Guijosa conserva una hermosa muestra de la
arquitectura militar por excelencia de la Edad Media, en su castillo, utilizado
en la actualidad, si no en su totalidad al menos sí en parte, como almacén o
depósito de aperos.
lunes, 20 de enero de 2014
Los eremitorios de Cívica
Cívica es un lugar sobrenatural; un recuerdo de tiempos pretéritos que, sin embargo, todavía tiene mucho que contar hasta épocas relativamente recientes, cuando no sólo el deseo de retiro espiritual sino también una imperiosa necesidad, hicieron que su arcano corazón troglodita continuara latiendo, apocado a los abrumadores desequilibrios sociales.
Por otra parte, su situación no deja de ser también interesante. Situado, aproximadamente, a seis kilómetros de Brihuega, antigua villa medieval amurallada y a unos veinte de Torija, hay investigadores que barajan la posibilidad de que en tiempos medievales, incluso algún caballero de la mediática Orden del Temple hubiera habitado alguno de los eremitorios en voluntario retiro místico-espiritual. Aun sin pruebas tangibles de ello, podría ser un dato medianamente veraz -¿por qué no?-, si tenemos en cuenta que en Torija éstos tuvieron un convento -situado, según parece, en el lugar o en las inmediaciones donde se levanta el espectacular castillo, reconvertido actualmente en Centro de Interpretación de la provincia-, y que su presencia no parece del todo ajena, así mismo, a la mencionada villa de Brihuega donde, curiosamente, existe un Santuario de Virgen Negra -la Virgen de la Peña-, similar, en esencia, a los que también se localizan en ciudades con antigua arraigambre medieval, como Sepúlveda, en la provincia de Segovia y Calatayud, en la provincia de Zaragoza, además de haber podido tener relación con la iglesia de San Felipe, situada, como la de San Miguel, intramuros de la ciudad, donde se puede apreciar un símbolo no ajeno a otras construcciones o posesiones de la Orden, como pudiera ser la magnífica estrella de David que luce en el rosetón situado por encima de la portada oeste. Motivo que, además, se localiza en lugares como Betanzos, donde se sabe que tuvieron una importante encomienda, cuyos restos se encuentran diseminados, al parecer, por las tres iglesias principales de la ciudad: Santiago, San Francisco y Santa María del Azogue.
Sea como sea, de lo que no cabe duda es de que en Cívica, aunque apenas reconocido y posiblemente en menor escala, se dio un fenómeno eremita comparable, salvaguardando las distancias, a aquellos otros, muchos más célebres, situados en el norte de la provincia de Palencia, y la zona cántabra de Valderredible.
Interesante, para todo aquel que quiera conocer sitios cuando menos curiosos, pero peligroso a la hora de intentar penetrar en las cuevas más inaccesibles de este auténtico laberinto subterráneo.
lunes, 6 de enero de 2014
Cifuentes: ángeles y demonios en la iglesia de Santiago
No se trata de hacer referencia al conocido best-seller del escritor norteamericano Dan Brown, detalle que, por otra parte, sería por completo irrelevante, pues, si hemos de hacer honor a la verdad -o cuando menos, equilibrar esas balanzas en constante balanceo, que caracterizan a una diosa que por algo aparece siempre representada con una venda en los ojos, es decir, la Justicia- y por poco románico e incluso gótico que hallamos contemplado, llegaremos a la certera sensación de que no hubo novelistas más hábiles y conocedores de su oficio, que los propios canteros medievales que levantaron lo más granado de nuestro Arte bizantino, y de paso, adaptaron a la exigencias de la piedra ese spiritual way of life que nos ha venido condicionando hasta el día de hoy.
Posiblemente, y hablando en términos de hoy, para una mente racional y científica, esos ángeles y demonios que llenaban nuestras iglesias y condicionaban nuestra vida; esos ángeles y demonios, en lucha eterna e irreconciliable por hacerse con la parte más pura de nuestra humanidad, oculta profundamente en lo más recóndito del crisol de la materia, podría representarse en fórmulas matemáticas encaminadas a establecer, al menos teóricamente hablando, las posibilidades de una fuerza caracterizada por dos corrientes opuestas: Orden y Caos.
En la portada de Cifuentes sin saberlo, o quizás siendo muy consciente de ello -recordemos las historias de San Virila y de San Ero, como precursoras de la relatividad promulgada ochocientos años después por Albert Einstein-, el Magister Muri nos puso en contacto, utilizando los recursos de la época, con el fascinante universo de la Física.
martes, 24 de diciembre de 2013
Saúca: Nª Sª de la Asunción
También en las cercanías de Sigüenza y no muy lejos de Jodra del Pinar, la población de Saúca nos reserva otra agradable sorpresa, pues dentro de su núcleo urbano, se localiza uno de los templos más interesantes del románico porticado de la provincia, dedicado a la figura de Nª Sª de la Asunción. Templo, así mismo, de bellas y equilibradas proporciones, resulta interesante observar que todavía mantiene intactas sus dos galerías porticadas; aquéllas, precisamente, que se abren a los lados sur y oeste del recinto sagrado, con dobles columnas sustentadas por capiteles, en algunos casos historiados, en los que, a pesar de no haber sido respetados en su totalidad por la erosión e incluso por la indiscriminada y estúpida acción humana, ofrecen detalles notablemente interesantes. A este respecto, llaman la atención la proliferación de capiteles que, situados en la galería oeste muestran, en sus motivos, esas antiguas alusiones al mundo anímico celta, basadas en las pequeñas cabezas, generalmente de rostro sonriente e irónico, que surgen de la floresta, cual dioses elementales llamando la atención de los generosos dones de una Madre Natura siempre dadivosa con sus criaturas.
Dones naturales, que continúan, en la galería sur, con la exuberancia de esos jardines que tan escrupulosamente tallaban los canteros medievales. Una galería que, además, nos ofrece, entre los capiteles historiados, alusiones a la Anunciación, recordándonos la presencia de un arcángel, Gabriel que, a diferencia del occidentalizado San Miguel, suele tener una importancia capital en las tradiciones orientales y particularmente en el Corán. Conocimiento y ambigüedad, mantienen una eterna lucha, en el enfrentamiento entre grifos y leones, cerca de dos figuras, quizás San José y María, que mantienen una actitud hierática, expectativa, digna, tal vez, de dos figuras netamente humanas que han visto alteradas su condición por la gracia de Dios.
En definitiva, un lugar para la contemplación y la interpretación, que puede dejar un agradable sabor en el paladar de todo viajero que se decida a realizar una ruta de interés por la zona.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Jodra del Pinar: iglesia de San Juan Bautista Degollado
Dentro del núcleo de pequeñas poblaciones que se localiza alrededor de la monumental villa de Sigüenza, se encuentra Jodra del Pinar, en cuya parte más alta, como venía siendo costumbre en épocas, se levanta la iglesia románica de San Juan Bautista Degollado, advocación que recuerda a aquélla otra, de similares características, que se encuentra en la vecina provincia de Soria, y se refiere al templo parroquial de su despoblado de Arganza. De esta iglesia, se podría afirmar, que se trata de una construcción que, si bien pequeña en conjunto y en comparación con otras imponentes construcciones de su estilo, tanto de la zona como fuera de ella, resulta, no obstante, esbelta y bien proporcionada. Llaman la atención, en primer lugar, la pequeña plataforma escalonada que, simulando los escalones del Templo de Salomón, introducen al visitante a la galería de cinco arcos, contando con el principal, y por defecto, al pórtico de entrada al templo.
Tiene, así mismo, una puerta abierta en el lado oeste, que permite también el acceso a la galería. Los arcos de ésta, se sustentan sobre columnas, cuyos capiteles, de sobria cuando no cisterciense belleza, muestran motivos foliáceos, que recuerdan ese concepto de paradysum o paraíso referido a los jardines y la importancia que éstos tenían, simbólicamente hablando, para las diferentes culturas del Medievo, continuadoras, a grosso modo, de tradiciones muy anteriores. Se estima que el templo, que perteneció al Común de Villa y Tierra de Medinaceli, se levantó en los siglos XII-XIII, con gentes procedentes del norte, durante las repoblaciones llevadas a cabo a medida que se iban reconquistando los territorios a los árabes.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Románico porticado de Guadalajara
Generalmente considerado por historiadores e investigadores como un románico pobre y bastante rural, en Guadalajara sobreviven, no obstante dicha consideración, templos de hermosa planta, que contienen elementos de interés e influencias de ese otro románico, más puro, técnico y elaborado que, característico de los reinos cristianos del norte, fue estableciéndose en la provincia a medida que avanzaba esa gran aventura épico-nacional, que fue la Reconquista.
De este modo, veremos que entre esas influencias, no faltan diseños que caracterizaron parte de las monumentales y hasta cierto punto enigmáticas obras de venerables Maestros o Magisters Murii, como podría ser, por citar un ejemplo en cierta manera relevante, las creaciones del denominado Maestro de Agüero o de San Juan de la Peña. Esto se hace evidente, en lugares como Rienda, en cuya iglesia, a las afueras del pueblo y actualmente reconvertida en ermita, se aprecian dos canecillos basados en esas itinerantes representaciones lúdicas, tan características en el románico aragonés y jaqués, como son la bailarina y el músico que la acompaña. Menos elaboradas y por separado, es cierto, y de hecho, bastante más toscas en el diseño, constituyen, sin embargo, el vivo ejemplo de esa transmisión itinerante a que nos referiamos al principio.
También la influencia cisterciense dejó unas apreciables huellas en la provincia, de donde, entre otros, se podrían mencionar las ruinas del monasterio de Bonabal y ese enigmático centro espiritual que, aún sobreviviendo desde sus lejanos orígenes en el siglo XII, continúa siendo regido y administrado por monjas, que es Buenafuente del Sistal. Pero el Císter, además, dejó aquí, en la provincia, una hermosa joya, la iglesia del Salvador, en Carabias -curiosamente, Caravia se llama también un pueblo de la costa cantábrica asturiana, donde la tradición insiste en que en cuya costa hubo dos monasterios, uno benedictino y el otro templario, de los que no quedan restos hoy en día- cuya estructura, puesto que se supone que estuvo porticada al menos por tres de los cuatro costados, la convierte en una pieza poco menos que única.
Dignos de admiración, son también los templos de Jodra del Pinar y su curiosa advocación, idéntica a la del despoblado soriano de Arganza: de la Degollación de San Juan Bautista; el de Cubillas del Pinar, una vez dejado atrás Guijosa y su pequeño castillo, reconvertido en almacén agrario; el de Saúca, situado muy cerca de esa arteria vital que es la Autovía del Nordeste, porticado por dos de sus laterales. Y otros que, aunque vistos, como los de Beleña de Sorbe y su sorprendente calendario en la portada, similar en esencia al de Campisábalos y aquél más lejano de la iglesia de San Nicolás de Bari, en el pueblo zaragozano de El Frago, o la insuperable, cuando no plácida tranquilidad de la ermita de Santa Catalina, en Hermosilla, no dejan de constituir un pequeño tesoro artístico, que hacen que una visita termine siempre con la consideración de que ha merecido la pena.
Os propongo, a partir de este instante, un pequeño viaje por el románico porticado de la provincia de Guadalajara.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Sin abandonar el Señorío de Molina: Castellar de la Muela y la ermita de la Virgen de la Carrasca
'Nadie discute en nuestros días el alto valor de las obras medievales. Mas, ¿quién podrá razonar jamás el extraño desprecio de que fueron víctimas hasta el siglo XIX?. ¿Quién nos aclarará por qué, desde el Renacimiento, la élite de los artistas, de los sabios y de los pensadores consideraba de buen tono afectar la más completa indiferencia hacia las creaciones audaces de una época incomprendida...?'. (1)
Siguiendo la carretera nacional 211, que atraviesa como una cuchillada Molina de Aragón, encauzando al viajero hacia Teruel y sus misterios, incluida la forma hexagonal de las torres bizantinas de sus iglesias, se llega, al cabo de una decena, aproximadamente de kilómetros, al pinturesco pueblecito de Castellar de la Muela. Al final del pueblo, y tomando como referencia esa especie de churrigueresco mojón doloroso que son las ermitas-humilladero, y situado a la izquierda de la carretera, observaremos un caminillo de tierra, que se pierde hacia unos campos infinitos, en los que se alternan, desde tiempo inmemorial, terrenos baldíos y zonas de cosecha y labor. Este camino, hemos de dejarlo a apenas unos metros más arriba, y tomar la primera de las bifurcaciones que, a mano derecha, circunvalan la segunda clase de campos mencionados, con cosechas en avanzado estado de gestación. No tardaremos, entonces, en observar una solitaria estructura, de características románicas y entrañablemente rural, que cual eterno ángel custodio, vigila no sólo el terreno de los alrededores, sino también al mismo pueblo, localizado en línea recta y a cierta distancia. Se trata de la ermita románica de Nª Sª de la Carrasca, y sus credenciales, se remontan a los oscuros siglos XII-XIII y a una época fascinante, cuya épica tiene aún muchas vicisitudes que contar: la Reconquista.
Una vez situados en este punto, conviene señalar que en este mismo lugar, quiere la tradición popular -no compartida, no obstante, por todos los historiadores e investigadores- que los Pobres Hermanos de Cristo y del Templo de Salomón, los populares templarios, tuvieran en tiempos un convento. Y bien pudiera haber algo más que la mención de la tradición (2), si tenemos en cuenta no sólo las características del lugar en el que nos encontramos -con antecedentes célticos de habitabilidad, en zona de vanguardia y aspecto defensivo de la ermita- sino también, si insistimos en señalar ciertas coincidentes peculiaridades con otros lugares no excesivamente lejanos, que inducen a sospechar cierta veracidad, haciendo bueno el dicho de que el río cuando suena, es que buen caudal arrastra.
Uno de tales lugares, con sorprendente y a la vez sospechosa coincidencia, podría ser, sin ir más lejos, la emblemática población soriana de Morón de Almazán, donde nos encontramos con una tradición que refiere como convento templario en tiempos la curiosa ermita de Nª Sª de los Santos -situada, también, en las afueras, a vista de la iglesia y el pueblo-, sino que también localizamos el nombre de la Muela, en la figura mariana que alli veneran en la imponente iglesia parroquial, aunque ignoro si en el caso de Castellar, existe alguna tradición similar que hable de algún túnel que conecte ermita e iglesia, como sucede en el caso de Morón. Casualidad o causalidad, el dato queda ahí, para todo aquél que desee continuar investigando y sacándole punta a las intrigantes excentricidades históricas, si en realidad hay alguna punta que sacar.
Ahora bien, por el contrario, para aquellos que no deseen complicarse en tan escurridizos vericuetos, y se dejen llevar, no sólo por la tranquilidad del lugar, sino también por el romanticismo y encanto implícito a estas hermosas construcciones que, según Fulcanelli, provocaban la indiferencia de artistas, sabios y pensadores nacidos a partir del Renacimiento, seguramente les resulte una experiencia grata, cuando no útil, para relajar mente y espíritu, dejando volar su imaginación por una época, la medieval, y un estilo, aparentemente tosco, como en este caso, que no obstante parece fundido con el paisaje -hasta el punto de no desmerecerle, en absoluto- y que representa, fuera de todo credo e ideología, un sencillo y a la vez profundo referente de índole marcadamente nacional.
Eso sí, si la visita se produce en verano, se recomienda tener precaución con los nidos de avispas que suelen establecerse a sus anchas, en los oscuros rincones de la galería interior.
Ahora bien, por el contrario, para aquellos que no deseen complicarse en tan escurridizos vericuetos, y se dejen llevar, no sólo por la tranquilidad del lugar, sino también por el romanticismo y encanto implícito a estas hermosas construcciones que, según Fulcanelli, provocaban la indiferencia de artistas, sabios y pensadores nacidos a partir del Renacimiento, seguramente les resulte una experiencia grata, cuando no útil, para relajar mente y espíritu, dejando volar su imaginación por una época, la medieval, y un estilo, aparentemente tosco, como en este caso, que no obstante parece fundido con el paisaje -hasta el punto de no desmerecerle, en absoluto- y que representa, fuera de todo credo e ideología, un sencillo y a la vez profundo referente de índole marcadamente nacional.
Eso sí, si la visita se produce en verano, se recomienda tener precaución con los nidos de avispas que suelen establecerse a sus anchas, en los oscuros rincones de la galería interior.
(1) Fulcanelli: 'Las Moradas Filosofales', Editorial Plaza & Janés, S.A., 1972, página 75.
(2) Tradición recogida también por Ángel Almazán, quien, en su novísima obra 'Guía templaria de Guadalajara', refiere dicha mención en el Nomenclator de las pueblos de la diócesis de Sigüenza.
(2) Tradición recogida también por Ángel Almazán, quien, en su novísima obra 'Guía templaria de Guadalajara', refiere dicha mención en el Nomenclator de las pueblos de la diócesis de Sigüenza.
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