Mostrando entradas con la etiqueta románico de guadalajara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta románico de guadalajara. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de enero de 2015

La Puerta: iglesia de San Miguel Arcángel


Se puede acceder a este singular pueblecito alcarreño, desde la carretera general que une Sacedón con Cifuentes –recordemos, que en ésta última población, se localiza la iglesia del Salvador, que todavía conserva en su magnífica portada de Santiago, una de las joyas románicas de toda la provincia-, quedando situado, aproximadamente, a unos 15 ó 20 kilómetros de Córcoles y el monasterio de Monsalud. Lo más destacable, como comprobará el viajero que un día se aventure a acercarse hasta allí, es el imponente farallón rocoso, a cuya vera se acoge el pueblo…. Pero La Puerta, también es un lugar que ofrece al viajero, multitud de detalles. Como Cifuentes, aunque también bastante reformado, el templo de San Miguel Arcángel constituye uno de los elementos bizantinos más interesantes, si no de toda la provincia, sí al  menos de esa Alcarria inmortalizada por Camilo José Cela en sus celebérrimos viajes. De hecho, y frente a la iglesia, un pequeño cartel que rompe y sesga el blanco de la fachada, recuerda al visitante que precisamente en esa casa, éste descansó de los avatares del camino, durmiendo una provechosa siesta. Ocurrió tal acontecimiento, el día 9 de junio de 1946. Es decir, durante los pormenores de su primer viaje. Pero no sería hasta años después –en 1986, cuando vio la luz su Nuevo viaje a la Alcarria, realizado viajando en Jaguar y teniendo como chófer a una espectacular hembra de ébano, a la que cariñosamente llamaba Oteliña-, que concretara algunos detalles del lugar y de sus gentes, que tal vez –siempre, por supuesto, sin ánimo de ofender-, no estaría mal consignar en la presente entrada. Por ejemplo, su opinión de que, en vista de que se veían muchos ojos azules, cabría la posibilidad de que por las venas de sus habitantes, corriera la antigua sangre goda, derramada generosamente en la tristemente célebre batalla del Guadalete. O también de que se les llama, además de pantorrilludos –como a los de Cifuentes y Cereceda-, de la viga atravesá, como a los de Horche y a los de Loranca de Tajuña. Típicos tópicos aparte, lo cierto es que, se mire por donde se mire, La Puerta es un pueblecito en el que, por una serie de circunstancias –subjetivas, si se quiere-, el viajero interesado por los misterios relacionados con ciertas órdenes de caballería, como la de los templarios, no puede por menos que sentirse, cuando menos suspicaz. Máxime, si sabe que, continuando por la carretera comarcal que le ha llevado hasta allí, y en pocos kilómetros, desemboca en Zorita de los Canes, sobre los restos de cuya fortaleza –sabiéndose ocupada posteriormente por los calatravos, como se constata, así mismo, su presencia en el monasterio de Monsalud y posiblemente también aquí en La Puerta-, pesa la leyenda de una anterior ocupación de éstos. Relevante, así mismo, es el mismo topónimo: La Puerta. Un topónimo que, siguiendo los comentarios de Oursel (1), estaría en la línea de algunos otros topónimos –La Espina, La Guardia, La Torre, etc-, que determinaban lugares ocupados por estos, cuando menos, aguerridos monjes-guerreros.

La advocación de la iglesia, sin ser determinativa, ciertamente, también es interesante, siendo, el Psicostático Arcángel, uno de sus santos predilectos y coincidiendo su construcción –siglos XII y XIII- con el periodo de mayor esplendor de éstos en la Península, no siendo casual, tampoco, la posterior presencia calatrava en los lugares donde la tradición popular los situaba, pues, como opina Juan Eslava Galán (2): es revelador que las primeras hornadas de frailes calatravos salgan de las propias filas del Temple. Algunos indicios permiten sospechar que, en sus inicios, en 1164, Calatrava pudo ser una filial templaria. De orígenes templarios o no, lo que sí es evidente, es que La Puerta es un curioso y atractivo lugar, que llama la atención por su entorno y donde el románico que todavía sobrevive en su iglesia de San Miguel, como se ha dicho al principio de la presente entrada, es una verdadera joyita, que bien merece la pena conocer.



(1) 'Peregrinos, hospitalarios y templarios', texto de Oursel, fotografía de Zodiaque, volumen 10 de la Serie Europa Románica, Ediciones Encuentro, diciembre de 1986.
(2) Juan Eslava Galán: 'España insólita y misteriosa', Editorial Planeta, S.A., Barcelona, 2006.

martes, 25 de febrero de 2014

Atienza: la iglesia de la Virgen del Val



Guadalajara es una tierra de historia, y por defecto, también una provincia donde el misterio puede asaltar la curiosidad del visitante que un día se deja caer, pongamos como ejemplo, por una de sus villas que todavía conserva buena parte de su rancio pasado medieval: la antigua Thithia. O lo que viene a ser lo mismo: la bella Atienza.

Obviando por el momento hacer referencia a los numerosos atractivos que el visitante puede paladear felizmente recogido dentro de sus murallas, sí me gustaría dedicar una mención especial, a un afectado monumento románico situado extramuros de la ciudad. Un monumento que, aún muy modificado en esencia, conserva, no obstante, una portadilla tan particular, que no cometería ninguna grosera exageración, si a ella me refiriera poco menos que como única en su género: la ermita de la Virgen del Val.

Situada, como se ha dicho, extramuros de los restos de las que fueran imponentes murallas de la ciudad, en las que han vuelto a situar, como referencia, las indicaciones de Camino de Santiago, la iglesia de la Virgen del Val –o del Valle, que tanto da-, hoy día convertida en ermita y posiblemente alejada del culto salvo en fechas muy particulares, ofrece, en la curiosa ornamentación de su portada, todo un enigma no exento de curiosidad, que se presta, como un acertijo, a variadas formas de interpretación. Está formada, por una arquivolta sobre la que una variada gama de personajes, en número de diez hacen contorsiones, simulando esa Rueda de la Vida –puede existir alguna concordancia, pues curiosamente ese número, el diez, es el que tiene asignado en las cartas del Tarot la Rueda de la Fortuna-, bajo cuyos inescrutables designios el ser humano se desenvuelve a merced siempre de su impredecible destino. Ninguno de los personajes es igual, sino que, por el contrario y en vista de su atuendo –que en eso, bien se podría pensar que puso un particular interés el cantero que los talló-, muestran una visión antropológica de la sociedad de la época. De manera, que junto al danzante sarraceno, a juzgar por su turbante, podemos ver al clérigo cristiano con su casulla, a los lacayos y posiblemente también al señor.
 
También podría ser aceptable, y de hecho, también más común, aquélla otra interpretación que ve en la portada alusiones a un tipo de vida y actuación que en la época era considerada como licenciosa: el mundo de la música, la danza y el espectáculo. Tal vez, motivado por dicha suposición, se piensa que esta iglesia, dada su situación extramuros de la ciudad, era frecuentada por goliardos o gentes de dudosa moralidad. No obstante, sea como sea, supone, después de todo, un interesante reto y a la vez, un detalle de interés dentro de ese particular estilo artístico, que ha sido denominado, poco acertadamente, en mi opinión, como el románico pobre de Guadalajara.

miércoles, 12 de febrero de 2014

El románico de Cubillas del Pinar

 
 
 
 
Considerada por algunos autores como merecidamente ejemplar para incorporarla dentro del mosaico imprescindible y reseñable del románico de la provincia, la iglesia parroquial de Cubillas del Pinar hunde sus raíces en la segunda mitad del siglo XII, cuando el lugar, a instancias y con la ayuda del obispado seguntino, fue repoblándose con gentes del norte, atraídas por los avatares de una Reconquista, en la que a medida que se iban asegurando los nuevos territorios, empujaba con altibajos, pero inexorablemente, de vuelta al mar al invasor agareno.
Una prueba de su venerable antigüedad, lo demuestra, visiblemente, el estado de las columnas de la pequeña galería porticada, donde la erosión ha ejercido de escoplo y cincel, hasta el punto de hacer que la piedra se retraiga sobre sí misma, ofreciendo, de una forma natural, un aspecto cuasi silense en algunos casos. No obstante, dejando aparte este detalle, así como el de algunas acciones de remodelación que parecen haber cegado parte de la galería, el tempo que se ofrece a la vista del visitante, es un templo de hermosa factura, proporcionado y de austeridad cisterciense, ajeno, en sus detalles ornamentales, a la profusión de referencias míticas alusivas, generalmente, a los pecados capitales, temática característica y abundante en el románico peninsular, destinada a mantener a raya a un pueblo sometido por el poder feudal, pero también eminentemente temeroso de Dios.
A unos dos o tres kilómetros de Cubillas, la población de Guijosa conserva una hermosa muestra de la arquitectura militar por excelencia de la Edad Media, en su castillo, utilizado en la actualidad, si no en su totalidad al menos sí en parte, como almacén o depósito de aperos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Jodra del Pinar: iglesia de San Juan Bautista Degollado


Dentro del núcleo de pequeñas poblaciones que se localiza alrededor de la monumental villa de Sigüenza, se encuentra Jodra del Pinar, en cuya parte más alta, como venía siendo costumbre en épocas, se levanta la iglesia románica de San Juan Bautista Degollado, advocación que recuerda a aquélla otra, de similares características, que se encuentra en la vecina provincia de Soria, y se refiere al templo parroquial de su despoblado de Arganza. De esta iglesia, se podría afirmar, que se trata de una construcción que, si bien pequeña en conjunto y en comparación con otras imponentes construcciones de su estilo, tanto de la zona como fuera de ella, resulta, no obstante, esbelta y bien proporcionada. Llaman la atención, en primer lugar, la pequeña plataforma escalonada que, simulando los escalones del Templo de Salomón, introducen al visitante a la galería de cinco arcos, contando con el principal, y por defecto, al pórtico de entrada al templo.

 
Tiene, así mismo, una puerta abierta en el lado oeste, que permite también el acceso a la galería. Los arcos de ésta, se sustentan sobre columnas, cuyos capiteles, de sobria cuando no cisterciense belleza, muestran motivos foliáceos, que recuerdan ese concepto de paradysum o paraíso referido a los jardines y la importancia que éstos tenían, simbólicamente hablando, para las diferentes culturas del Medievo, continuadoras, a grosso modo, de tradiciones muy anteriores. Se estima que el templo, que perteneció al Común de Villa y Tierra de Medinaceli, se levantó en los siglos XII-XIII, con gentes procedentes del norte, durante las repoblaciones llevadas a cabo a medida que se iban reconquistando los territorios a los árabes.
 

jueves, 23 de agosto de 2012

Hinojosa: el apacible encanto de la ermita de Santa Catalina


'La ermita de Santa Catalina en Hinojosa es, sin duda, uno de los edificios más sorprendentes de todo el románico provincial de Guadalajara, y dejará en el visitante una evocación permanente de luz, de paz y de silencio...' (1)

Este edificio sorprendente, como dice Antonio Herrera Casado, se localiza en las proximidades de Labros e Hinojosa, a unos tres ó cuatro kilómetros, aproximadamente, de ambas poblaciones, siguiendo la carretera que conduce a Milmarcos. Si bien en la actualidad forma parte del municipio de Hinojosa, la ermita de Santa Catalina sobrevive milagrosamente, evocando desde su absoluta soledad, aquéllos felices tiempos en que constituía la parroquia de un pueblo hoy día desaparecido, pero del que se tiene constancia desde la Edad Media: Torralbilla. De hecho, aún se aprecian algunos restos de casas en las inmediaciones, que pueden servir para atestiguarlo o, en su defecto, para evidenciar la presencia de algún santero en tiempos.
Si bien se aprecia desde la carretera, medio escondida y aislada en ese sabinar sobre la que asienta unos cimientos que se remontan al siglo XII, existe un caminillo rural, en perfectas condiciones, que conduce hasta el pie mismo de la iglesia. Aún reformada, el visitante no tarda en maravillarse ante la sencilla pero a la vez perfecta belleza de este templo que, a juzgar por el increíble silencio y la sorprendente paz que desborda -hecho constatado y en absoluto roto por el ocasional paso de algún vehículo por la cercana carretera- no sería descabellado sacar la oportuna conclusión de que se haya enclavada en un auténtico lugar del espíritu -insisto en mi apreción, en detrimento del tan traído y llevado término de poder- entre cuyas experiencias más sobresalientes, cabría destacar el genuino sosiego que se experimenta caminando por su galería porticada. Está formada ésta, por seis arcos, sostenidos por columnas cuyos capiteles muestran motivos foliáceos. Tal sobriedad en la ornamentación, que volvemos a encontrarnos en los motivos de los capiteles del pórtico de acceso al templo, cuadra con la austeridad característica de las construcciones cistercienses -que tanto agradaban a San Bernardo de Claraval, aquélla mente iluminada que afirmaba que no tenía más maestros que las encinas y las hayas- que, como se sabe, no son ajenas a la provincia, sirviendo como ejemplo, el templo de San Salvador de Carabias. Llama la atención, la presencia de un león, de genuinas connotaciones visigodas, que campea en el muro sur, junto a una custodia, aunque ambos, león y custodia, ofrecen todo el aspecto de ser copias modernas, quizás basadas en modelos antiguos pertenecientes al propio templo, y quizás se hallen, si no en su interior, en algún museo. Se observan, también, aparte de numerosas marcas de cantería -generalmente flechas, a excepción de una pata de oca que se localiza en el ábside- algunos detalles curiosos, como un pequeño hueco en la pared, junto al arco de acceso del lado oeste, en cuyo interior se localiza una figurilla femenina que posiblemente representa a la santa. Junto a la pequeña hornacina, otro objeto labrado, pero tan desgastado que resulta poco menos que imposible de identificar.
Ahora bien, si la decoración en ésta parte del templo resulta austera, ésta varía en cuanto a algunos de los interesantes elementos que se localizan en los canecillos del ábside. Entres éstos, destacan, principalmente, los siguientes: un dragón, una serpiente enroscada que forma con su cuerpo una espiral, un rostro venerable,  una pareja en actitud erótica, aunque bastante deteriorada, un hombre con las piernas abiertas mostrando unos genitales que han sido censurados, los característicos rollos y algún instrumento musical.
Dada la imposibilidad durante mi visita de entrar al templo, me resta añadir, como colofón, la presencia en su interior -según Antonio Herrera Casado y su citada obra- de motivos zoomórficos en los capiteles absidiales y un nombre -PETRUS- grabado en una de las columnas que, previsiblemente, podría aludir al nombre del cantero.
De cualquier manera, se pueda o no entrar en el interior, una visita a este templo de Santa Catalina, es seguro que no dejará a nadie indiferente. La belleza del templo -en mi opinión, uno de los más bellos del románico de Guadalajara- y la increíble paz que se respira en él, invitan a procuarle un capricho al espíritu y recargar unas pilas quizás demasiado cansadas del mundano desquicie de cada día.


(1) Antonio Herrera Casado: 'El románico de Guadalajara', Aache Ediciones de Guadalajara, S.L., 2ª edición, 2003, página 188.

sábado, 18 de agosto de 2012

Labros



Cuando uno llega a las proximidades de Labros, resulta difícil precisar qué imagen le impacta o sorprende más: la visión de un pueblo que se enrosca como una serpiente sobre una colina, o la perfección explícita, precisamente, de esa colina bajo la que se cobija. Perfecta, o casi en su forma, no sería banal preguntarse si en tiempos históricos no llegó a albergar un poblado celtíbero o, en su defecto, el tiempo, inexorable y en más ocasiones de las que debiera, terriblemente burlón, no ocultaría bajo toneladas de tierra algún olvidado santuario prehistórico. Resulta evidente que, cuando uno alcanza la cima, no vislumbra rastro alguno que le aliente a mantener el pensamiento de los celtíberos, acostumbrados a asentarse sobre las cimas de las colinas, hubiesen albergado un hábitat en el lugar. Cosa que, por otra parte, no sería extraña, pues si en algo destaca el Señorío de Molina es, precisamente, por la profusión de castros celtíberos descubiertos en su territorio. Baste como ejemplo, el del Ceremeño, situado en la cercana población de Herrerías o aquél otro, apenas visible y prácticamente inexplorado que, de nombre los Villares, se localiza en el término de Castellar de la Muela, no lejos, supongo, del lugar donde se levanta una ermita que, según algunas tradiciones, en tiempos fue templaria: la de la Virgen de la Carrasca.
No es ninguna novedad, tampoco, que lo más monolítico o prehistórico que puede localizarse en Labros, se asiente sobre la parte más alta del pueblo. Me refiero, obviamente, a su parroquial que, aunque no lo parezca a simple vista, aún conserva -que no es poco- una notable portada de sus primigenios orígenes románicos. Unos orígenes que, aunque pertenecientes a ese románico pobre con el que algunos autores definen el románico de Guadalajara, aún conserva, no obstante, ciertos elementos sobre los que hacerse, cuando menos, algunas preguntas, por más que éstas puedan resultar hipotéticamente desdeñables a lo doctamente establecido.


La visión de esas arpías, o quizás, de esas sirenas que mantienen las crías sobre su lomo, tal vez no sea una visión demasiado sorprendente en un estilo que recurría a lo simbólico y lo mitológico para educar, previsiblemente en las facetas de virtudes y pecados, blanco y negro, cielo e infierno, a una población extremadamente ignorante, sin posibilidad de educación y fácilmente moldeable, como gustaba a prelados y señores. Ni tan siquiera en la presencia de los nudos eternos, magníficamente labrados, y sus posibles raíces célticas cabría tampoco sorprenderse, pues resultan elementos tan comunes como los otros, cuando no más. Ahora bien, cuando se ve a un solitario jinete que parece ajeno a la secuencia mostrada por arpías, nudos y sirenas, no se puede evitar preguntarse si cabe la hipotética posibilidad de hallarnos ante un elemento teóricamente poco frecuente en el románico de la provincia -al menos, en mi ignorancia, no recuerdo otro-, como pueda ser aquél sobre el que recaen nombres tan carismáticos como caballero verde o caballero apocalíptico o, rizando el rizo cultural, caballero cygnatus, en clara referencia a una mitología, la celta, para nada desconocida en estas misteriosas tierras.
Cierto es, así mismo, que, independientemente de que el deterioro impide comprobar claramente la cabeza dl animal que monta el jinete, le faltaría un elemento primordial: la figura, bien monstruosa bien humana, que suele representarse bajo los cascos del caballo, a semejanza del tradicional San Miguel doblando al Diablo. Sin olvidar, por supuesto, el simbolismo que rodea la figura del caballo, tanto en su función de vehículo hacia el Conocimiento, como vehículo, también, de orden ctónico. Otros detalles mencionables de este pórtico, pueden ser sus motivos ajedrezados y otro tipo de nudo que, por ejemplo, también se localiza en los arcosolios del ábside de la parroquial de Castrillo Solarana, pueblo perteneciente al entorno de Silos, en Burgos.


El panorama desde esta altura sobre la que se levanta la parroquial de Labros, también es digno de mención. Resulta especialmente llamativo, como una acuarela que alterna campos de labor y barbecho y alguna extensión de monte bajo -típica cromática castellana- custodiados, no obstante al frente, cual inmutable y eterno pastor, por otro altiplano con forma de plato invertido.
De regreso otra vez por esas calles estrechas, de casas que parecen apollarse solidariamente unas con otras, tal vez nos sorprenda encontrarnos un curioso grabado en el dintel de una de las más antiguas. Un grabado que representa un corazón y una jarra. La solución al enigma, la encontraremos -si no lo hemos descubierto a nuestra llegada- en un sencillo monumento que la Escuela de Folklore de Guadalajara ha dedicado a uno de los hijos predilectos del lugar -Lorenzo Cetina (1644), previsiblemente nacido en la mencionada casa- y a todos los dulzaneiros que han llevado júbilo por los confines de esta tierra.
Labros, un pueblo agradable en los confines del Señorío de Molina.