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martes, 25 de febrero de 2014

Atienza: la iglesia de la Virgen del Val



Guadalajara es una tierra de historia, y por defecto, también una provincia donde el misterio puede asaltar la curiosidad del visitante que un día se deja caer, pongamos como ejemplo, por una de sus villas que todavía conserva buena parte de su rancio pasado medieval: la antigua Thithia. O lo que viene a ser lo mismo: la bella Atienza.

Obviando por el momento hacer referencia a los numerosos atractivos que el visitante puede paladear felizmente recogido dentro de sus murallas, sí me gustaría dedicar una mención especial, a un afectado monumento románico situado extramuros de la ciudad. Un monumento que, aún muy modificado en esencia, conserva, no obstante, una portadilla tan particular, que no cometería ninguna grosera exageración, si a ella me refiriera poco menos que como única en su género: la ermita de la Virgen del Val.

Situada, como se ha dicho, extramuros de los restos de las que fueran imponentes murallas de la ciudad, en las que han vuelto a situar, como referencia, las indicaciones de Camino de Santiago, la iglesia de la Virgen del Val –o del Valle, que tanto da-, hoy día convertida en ermita y posiblemente alejada del culto salvo en fechas muy particulares, ofrece, en la curiosa ornamentación de su portada, todo un enigma no exento de curiosidad, que se presta, como un acertijo, a variadas formas de interpretación. Está formada, por una arquivolta sobre la que una variada gama de personajes, en número de diez hacen contorsiones, simulando esa Rueda de la Vida –puede existir alguna concordancia, pues curiosamente ese número, el diez, es el que tiene asignado en las cartas del Tarot la Rueda de la Fortuna-, bajo cuyos inescrutables designios el ser humano se desenvuelve a merced siempre de su impredecible destino. Ninguno de los personajes es igual, sino que, por el contrario y en vista de su atuendo –que en eso, bien se podría pensar que puso un particular interés el cantero que los talló-, muestran una visión antropológica de la sociedad de la época. De manera, que junto al danzante sarraceno, a juzgar por su turbante, podemos ver al clérigo cristiano con su casulla, a los lacayos y posiblemente también al señor.
 
También podría ser aceptable, y de hecho, también más común, aquélla otra interpretación que ve en la portada alusiones a un tipo de vida y actuación que en la época era considerada como licenciosa: el mundo de la música, la danza y el espectáculo. Tal vez, motivado por dicha suposición, se piensa que esta iglesia, dada su situación extramuros de la ciudad, era frecuentada por goliardos o gentes de dudosa moralidad. No obstante, sea como sea, supone, después de todo, un interesante reto y a la vez, un detalle de interés dentro de ese particular estilo artístico, que ha sido denominado, poco acertadamente, en mi opinión, como el románico pobre de Guadalajara.

lunes, 6 de enero de 2014

Cifuentes: ángeles y demonios en la iglesia de Santiago


No se trata de hacer referencia al conocido best-seller del escritor norteamericano Dan Brown, detalle que, por otra parte, sería por completo irrelevante, pues, si hemos de hacer honor a la verdad -o cuando menos, equilibrar esas balanzas en constante balanceo, que caracterizan a una diosa que por algo aparece siempre representada con una venda en los ojos, es decir, la Justicia- y por poco románico e incluso gótico que hallamos contemplado, llegaremos a la certera sensación de que no hubo novelistas más hábiles y conocedores de su oficio, que los propios canteros medievales que levantaron lo más granado de nuestro Arte bizantino, y de paso, adaptaron a la exigencias de la piedra ese spiritual way of life que nos ha venido condicionando hasta el día de hoy.
Posiblemente, y hablando en términos de hoy, para una mente racional y científica, esos ángeles y demonios que llenaban nuestras iglesias y condicionaban nuestra vida; esos ángeles y demonios, en lucha eterna e irreconciliable por hacerse con la parte más pura de nuestra humanidad, oculta profundamente en lo más recóndito del crisol de la materia, podría representarse en fórmulas matemáticas encaminadas a establecer, al menos teóricamente hablando, las posibilidades de una fuerza caracterizada por dos corrientes opuestas: Orden y Caos.
En la portada de Cifuentes sin saberlo, o quizás siendo muy consciente de ello -recordemos las historias de San Virila y de San Ero, como precursoras de la relatividad promulgada ochocientos años después por Albert Einstein-, el Magister Muri nos puso en contacto, utilizando los recursos de la época, con el fascinante universo de la Física.