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viernes, 24 de julio de 2015

La Ruta de los Salvadores pasa por Cifuentes


Como hemos aventurado en numerosas ocasiones, existían antiguamente numerosas rutas y caminos que, atravesando la Península de norte a sur y de este a oeste, iban recalando, como si de un imaginario juego de la oca se tratara, en pueblos y ciudades que tenían, como denominador común, la advocación de su iglesia principal: el Salvador. De ahí, que metafóricamente hablando, a éstas rutas, digamos, coincidentes, se las denominaba precisamente así en numerosos ámbitos: Ruta del Salvador. Cifuentes, o la ciudad de las cien fuentes –una exageración, que no obstante, indica un lugar bien aprovisionado de tan vital elemento-, es una de ellas, además de constituir, de paso, uno de los principales núcleos de población de esa zona tan prolífica e interesante de la provincia de Guadalajara, conocida como la Alcarria. O como decía Camilo José Cela, allá, a finales de los años cuarenta, cuando realizó sus pinitos mochileros: La Alcarria es un hermoso país al que la gente no le da la gana ir (1). Situada en la parte superior y a la vez casco histórico de la ciudad, siendo, además, vecina del convento y claustro de San Blas –santo al que, según la tradición, martirizaron en el cercano pueblo de Gargolillos, como también apunta Cela-, al que se mantiene unida la iglesia de Santo Domingo, con su magnífico cimborrio de forma octogonal, la iglesia del Salvador, aun habiendo sufrido numerosas transformaciones a lo largo de la Historia, hunde sus cimientos a finales del siglo XIII, conservando, no obstante todavía, parte de esos dos principales estilos con los que fue concebida: un románico tardío y un estilo gótico, revolucionario pero imperfecto –como apuntaba aquél otro genio de la arquitectura, que fu D. Antoni Gaudí i Cornet-, que comenzaba a despuntar con fuerza en occidente. Del primer periodo, es decir, de ese románico tardío, se conserva una magnífica y cuando menos sorprendente portada que, recibiendo el nombre del Apóstol Santiago, deleita y a la vez estremece por su temática, reproduciendo la sempiterna lucha entre virtudes y defectos –cuya víctima colateral era una sociedad medieval imbuida todavía de tinieblas-, que se basaba en el poema clásico de Prudencio, denominado La Psicomaquia. Poema y temática, por otra parte, que con posterioridad formaría parte, así mismo, de las grandes epopeyas escatológicas cristiano-musulmanas, desarrollada por los viajes al otro mundo de Mahoma y Dante, si bien otro antecedente clásico lo tendríamos en la Eneida de Virgilio y el descenso del héroe troyano Eneas a los infiernos, por no remontarnos a las epopeyas babilónicas del héroe Gilgamesh. Pero este tema, formará parte de otra historia. Por cierto, que es en esta parte del templo, orientada hacia poniente, donde se localizan, además, numerosas marcas de cantería en sus sillares. Otro de los detalles que más sobresalen y situado por encima de esta portada, es el magnífico rosetón, de estilo, podría decirse que cisterciense, cuyos cristales, vistos desde el interior y afectados por la luz, nos ofrecen la visión de Cristo como héroe solar, siendo los doce apóstoles los rayos que, simbólicamente hablando, iluminarían el mundo. El interior del templo, precisamente, sobrecoge; bien por sus dimensiones –tanto a lo alto como a lo ancho- bien por esa otra y no menos sempiterna batalla entre la luz y las tinieblas que se desarrolla a la vera de ese imaginario bosque de palmeras, conformado por las columnas, las bóvedas, los puntos de clave y los arbotantes, que aun formados por esa materia prima y noble que es la piedra, no dejarían de ser la representación simulada de los antiguos bosques sagrados. A tal efecto, no debería de extrañarnos la reflexión de San Bernardo, relativa a que es precisamente en la naturaleza, entre árboles y rocas, donde está la mejor de las escuelas. A pesar de los efectos devastadores de la Guerra Civil, donde se perdió prácticamente en su totalidad la gran riqueza patrimonial contenida en este monumental templo, todavía conserva ciertas reminiscencias interesantes, como algunos capiteles originales, de foliácea austeridad, algún motivo antropomorfo en las claves de bóveda, así como un magnífico púlpito labrado, donde se muestra una curiosa escena de adoración mariana, compuesta por una Virgen entronizada por debajo de una cabeza muy peculiar, que aunque a priori represente la figura de Dios Padre, semeja, por su aspecto, a aquellos otras conocidas como hombre-verde, y donde se aprecian doce personajes alrededor. Personajes que, por coincidencia con el número, podrían ser tomados como los apóstoles, si no fuera por un detalle, ciertamente sorprendente: el primer personaje de la derecha, arrodillado, es una mujer. Lejos de pensar, en la figura tan controvertida del discípulo amado, en muchas ocasiones identificado no con el Evangelista sino con la Magdalena, hay que contemplar la escena observando el personaje masculino homólogo del lado izquierdo, también arrodillado, así como el escudo que se aprecia a los pies del trono de la Virgen, y que posiblemente corresponden a alguna de las familias nobles cuyos restos se hayan en las capillas adyacentes. Entre las más conocidas, se encuentran los Alce, los Calderón y los condes de Cifuentes. Posiblemente, se trate de estos últimos. Como colofón, decir que en las proximidades de Cifuentes, se localizaba el monasterio de Óvila, comprado por el magnate norteamericano de la prensa, Randolph Hearst –el famoso Ciudadano Kane de la película de Orson Welles-, en las postrimerías de la Guerra Civil y trasladado piedra a piedra a los Estados Unidos.


(1) Camilo José Cela: 'Viaje a la Alcarria', Editorial Espasa Calpe, S.A., Colección Austral, decimoctava edición, 30-V-1989, página 19.

lunes, 6 de enero de 2014

Cifuentes: ángeles y demonios en la iglesia de Santiago


No se trata de hacer referencia al conocido best-seller del escritor norteamericano Dan Brown, detalle que, por otra parte, sería por completo irrelevante, pues, si hemos de hacer honor a la verdad -o cuando menos, equilibrar esas balanzas en constante balanceo, que caracterizan a una diosa que por algo aparece siempre representada con una venda en los ojos, es decir, la Justicia- y por poco románico e incluso gótico que hallamos contemplado, llegaremos a la certera sensación de que no hubo novelistas más hábiles y conocedores de su oficio, que los propios canteros medievales que levantaron lo más granado de nuestro Arte bizantino, y de paso, adaptaron a la exigencias de la piedra ese spiritual way of life que nos ha venido condicionando hasta el día de hoy.
Posiblemente, y hablando en términos de hoy, para una mente racional y científica, esos ángeles y demonios que llenaban nuestras iglesias y condicionaban nuestra vida; esos ángeles y demonios, en lucha eterna e irreconciliable por hacerse con la parte más pura de nuestra humanidad, oculta profundamente en lo más recóndito del crisol de la materia, podría representarse en fórmulas matemáticas encaminadas a establecer, al menos teóricamente hablando, las posibilidades de una fuerza caracterizada por dos corrientes opuestas: Orden y Caos.
En la portada de Cifuentes sin saberlo, o quizás siendo muy consciente de ello -recordemos las historias de San Virila y de San Ero, como precursoras de la relatividad promulgada ochocientos años después por Albert Einstein-, el Magister Muri nos puso en contacto, utilizando los recursos de la época, con el fascinante universo de la Física.