miércoles, 18 de abril de 2012

Carabias: iglesia de San Salvador



Quien vaya buscando románico de cierta calidad en Guadalajara y llegue a Carabias -parada fundamental- seguramente tropiece, por casualidad, con una vieja casona situada prácticamente enfrente de esa interesante joya cisterciense, que es la iglesia de San Salvador, fijando su atención en las figuras geométricas que, a modo de espantabrujas, resumen conceptos antropológicos grabados en la pared. Bien es cierto, que la casa en sí, no difiere, en absoluto, de los típicos diseños urbanísticos que caracterizan el hábitat principal de los pequeños núcleos rurales. Es decir, un hábitat microcósmico, en el que priman la piedra, el adobe y la madera, posiblemente dispuestos con las nociones vitrubianas que incidían en la elección de los lugares, ajenas a la geometría sacra de los templos alrededor de los que se distribuyen, como los frutos de una piña, pero características, sin embargo, de los diseños sociales medievales, basados en las tipologías y diferenciaciones principales de la época: oratores, laboratores y bellatores. Es decir, Iglesia, Pueblo y Guerreros.

A diferencia de los numerosísimos templos románicos que con mayor o menor fortuna -en referencia a su estado- jalonan la geografía peninsular, encontramos en este templo de San Salvador (1) una característica esencial, que lo hace poco menos que único en su género, aunque hoy no se aprecie: poseía una galería porticada por sus cuatro costados.

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(1) Interesante, podría ser el detalle de añadir que bajo ésta advocación, se realizaron en el pasado caminos peregrinos de cierta trascendencia, como demuestra, por ejemplo, la existencia en Asturias de la denominada 'Senda de los Salvadores' que, partiendo de la población costera de Llanes, trazaba un sendero, específico y mistérico, hacia el interior y su meta principal, la catedral de Oviedo, también bajo la advocación del Salvador.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Beleña de Sorbe



'Una región del norte de Guadalajara está asociada al nombre Beleña, que parece estar relacionado con el dios celta Belennos o Belenus, el equivalente al Apolo del mundo clásico. (Algunos especialistas vinculan la región al nombre de una planta: el beleño, pero allí no se encuentran hoy día)...'. (1)



Posiblemente, la pieza maestra e indiscutible de Beleña de Sorbe, radique en su iglesia románica de San Miguel y en esa maravillosa portada que, como el precedente que se localiza en la iglesia de San Bartolomé, en Campisábalos, reproduce un extraordinario calendario agrícola medieval. Esto, en resumidas cuentas, resulta lo más evidente. Y, no obstante, cuando se tiene la oportunidad de situarse frente a la mencionada portada, y se dispone de un tiempo prudencial para intentar observar los elementos de su entorno, comienza uno a encontrarse con ciertos misterios, de tiempos indeterminados y ambigüa interpretación, que reclaman inmediatamente su atención. Esto se puede comprobar, cuando uno se dá cuenta de la desconcertante repetitividad con la que unos símbolos -los zapatitos- se observan en los sillares. ¿Qué mensaje ocultan, debajo de su inocente apariencia?. Tal vez la respuesta sea tan hipótetica como la afirmación de Juan Ignacio Cuesta Millán, en cuanto al origen del pueblo mismo: Beleña.
Volviendo a la portada, y a diferencia del mencionado calendario agrícola de Campisábalos, la versión efemérica del cantero que labró el calendario de ésta iglesia de San Miguel, contiene dos curiosos elementos, cuya presencia e interpretación, a priori, no resulta en modo alguno sencilla y constituye, hasta la fecha, un pequeño enigma: en sus extremos, un ángel y un demonio parecen mantener una eterna lucha por influir sobre el hombre y su forma de vida. Hay también quien, quizás rizando el rizo interpretativo, pretende ver en la figura del diablo -a diferencia del ángel, éste sólo representa una cara- el famoso y especulativo baphomet de los templarios.

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(1) Juan Ignacio Cuesta Millán: 'La boca del Infierno. Claves ocultas de El Escorial', Santillana Ediciones Generales, S.L., 2ª edición, junio de 2006, página 71.




lunes, 2 de enero de 2012

Un paseo por Tamajón



La Tradición -entiéndase a discreción, como buenas o malas lenguas, según el criterio de cada uno- cuenta que fue precisamente aquí, en Tamajón, donde Felipe II estuvo a punto de levantar el monasterio de San Lorenzo que, como todos sabemos, terminó siendo emplazado en El Escorial, quizás taponando, como opina el escritor e investigador Javier Sierra, una de esas terribles Puertas del Infierno, que también las buenas o las malas lenguas tradicionales, asocian con algunos lugares determinados, aunque especiales, repartidos a lo largo y ancho del planeta.

Por otra parte y a día de hoy, que yo sepa -que conste, que nadie está libre de su medida y proporción de ignorancia- la Arqueología no ha certificado que se ubicara aquí Tamaya, la legendaria ciudad que se supone fuera fundada por judíos en la diáspora, una vez derrotados y sometidos por los romanos, allá por el siglo I. Y no obstante, dejando aparte tradición y leyenda, no cabe duda de que una visita a Tamajón y su entorno -parte ya lo hemos visto en su Ciudad Encantada y su ermita de la Virgen de los Enebrales- resulta suficiente para darnos cuenta de que, paseando por sus calles, lo hacemos, al menos, por un lugar singular.

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sábado, 24 de diciembre de 2011

Guadalajara se hace camino al andar os desea a todos una Feliz Navidad




Un año que termina y un nuevo ciclo que comienza. Tiempo para estar con la familia y mimar a los amigos; de salir, de cantar, de celebrar y de disfrutar de unos días de asueto. Tiempo de deseos y de sueños; de renovaciones y esperanzas. Desde estas páginas, que poco a poco se van abriendo camino por una provincia con numerosos y variados atractivos, quiero desearos a todos una muy Feliz Navidad. Y como dice un amigo navarro: que todo lo bueno del presente año, sea lo malo del año que viene.




miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Virgen de los Enebrales de Tamajón

Aunque su nombre es Virgen de los Enebrales, todos en Tamajón y los pueblos de alrededor, la conocen con el cariñoso apelativo de la Serrana. También es cierto que, si bien la talla, a juzgar por lo poco que se ve de ella, no parece, ni remotamente la original, lo que representa sí que podemos decir que se remonta a los primeros tiempos de la Reconquista; aquellos tiempos oscuros en los que, una vez conquistado el territorio a los moros, se iniciaba en España el imparable fenómeno de la repoblación. Fenómeno que, curiosamente, también trajo consigo la aparición -o quizás, mejor dicho, la reaparición- de numerosas manifestaciones de la Virgen, acompañadas siempre del consiguiente milagro. Y en testimonio de aparición y milagro, aparecía misteriosamente -y perdón por la redundancia- una imagen virginal (1), en muchos casos, con evidentes connotaciones negras que, de una manera también sorprendentemente tozuda, deseaban ser veneradas en el mismo lugar de su hallazgo. Tal es el caso de ésta Virgen de los Enebrales, de Tamajón.

No deja de ser interesante y a la vez importante, por otro lado, el lugar tan particular en el que se ubica la ermita, situado a apenas unos dos o tres kilometros de Tamajón, saliendo en dirección a Majaelrayo, confluyendo con las particularidades de un terreno donde abunda el pino y el enebro y cuyas formaciones rocosas se han visto tan curiosamente erosionadas que, a semejanza de la vecina provincia de Cuenca, se ha convenido en considerarla otra Ciudad Encantada. Digno de mención es, también, el detalle de que en sus proximidades -Retiendas dista, aproximadamente unos diez kilómetros- se localizan las ruinas de lo que fuera en tiempos el monasterio cisterciense de Bonabal. Y recordemos, por añadidura, que el Císter tuvo una especial relevancia en el fomento del culto a la figura de la Virgen.

Aunque no se sabe a ciencia cierta por la falta de evidencias, se sospecha que la actual ermita -remodelada entre los siglos XVI y XVIII- sustituye a otra más modesta, románica en sus orígenes. Rodeada, como he dicho, por pinos y enebros, con la imponente sierra del Ocejón como telon de fondo, en sus proximidades se desarrolló una curiosa leyenda, que nos recuerda los famosos encuentros de héroes mitológicos, como Hércules, y también históricos, como Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, con terribles serpientes (2), que seguirían la tradición, posteriormente cristianizada de paladines celestiales como San Jorge o el arcángel San Miguel. En este caso, sin embargo, el protagonista fue un modesto sacerdote a quien el monstruo salió al encuentro, siendo salvado in extremis por intercesión de la Virgen, cuya figura se descubrió posteriormente en la rama de un enebro, de ahí el nombre. El tema queda recogido en una pintura, probablemente del siglo XVI que, apenas distinguible -recordemos que la ermita, quedó muy deteriorada en el transcurso de la Guerra Civil- adorna con el milagro una de las paredes laterales del interior del templo. Templo que, aunque tradicionalmente siempre ha tenido sus puertas abiertas para refugio de caminantes y peregrinos, actualmente se mantienen bajo candado para evitar robos y alteraciones de gente sin escrúpulos. Tradición hospitalaria que resume en estos versos recogidos por la Tradición:


'Entre enebros desiguales

por aparecida te aclaman

por eso todos te llaman

Virgen de los Enebrales.

Si buscas paz pasajero

aquí puedes encontrarla

pues María supo hallarla

para todo el mundo entero...'

O este otro, no exento de cierta gracia popular, dicho sea en el buen sentido:

'Virgen de los Enebrales

patrona de Tamajón

tienes las puertas abiertas

como si fueras un mesón'.

Conviene añadir que, por sus características, no es difícil de adivinar la existencia de cultos paganos en la Antigüedad, incluidos los druídicos.





(1) La tradición achaca su confección a San Lucas, sobre todo cuanto más fama de milagrosas tienen.
(2) Una tradición, sitúa en la ciudad troglodita de Tiermes, la lucha entre Hércules, al que denominan Álamos y la terrible serpiente Elpha. Aparte de la mención del tema durante su paso por dicha ciudad -en el Cantar de Mío Cid, a Tiermes se la denomina Agriza- conviene recordar otro episodio singular en el que el Cid, valiéndose de su escudo -símil que también nos remonta al mito griego del combate entre Perseo y Medusa- logró derrotar a una terrible serpiente. Ocurría esto, según la tradición, en el pinturesco pueblecito burgalés de Barrio Pañizares. El recuerdo de Elpha, también forma parte de los bestiarios medievales, y se la puede localizar, entre otros lugares, en un capitel que se localiza en una de las iglesias románicas más decanas de Soria: San Miguel, situada en la localidad de San Esteban de Gormaz. Existe también otra representación de ella, en un capitel del pórtico del monasterio de San Martín de Turieno; o lo que es lo mismo, de Santo Toribio de Liébana, en los Picos de Europa.



martes, 20 de diciembre de 2011

La Ciudad Encantada de Tamajón




'Sentado en una peña, el Troll

alza triste cantar:

¿Por qué, por qué he de vivir yo

tan solo en Más Allá?
Ha tiempo que partió mi pueblo

y ya no piensa en mí;

entre la Cima de los Vientos

y el Mar, quedé yo aquí...' (1)



Uno prácticamente se tropieza con ella, a poco menos de un kilómetro de Tamajón. En realidad, la visita es obligada, pues varios carteles que la señalan como Ciudad Encantada, espolean la imaginación del curioso, y una vez desbocada ésta, no hay rienda lo suficientemente fuerte, para sujetar su desenfrenado galope. Es el corcel más veloz que posee el ser humano, y de hecho, el único capaz de hacerle ver maravillas en lo que otros simplemente ven un erial. Quizás no parezca una cosa del otro mundo, pero al poco de deambular por ella, y dejándose aconsejar por la Imaginación, difícil resulta no tener la perspectiva de llegar a considerarla, cuando menos, un lugar curioso. Un lugar donde, por poco que se esfuerce la vista, incluso el más escéptico llegará a vislumbrar, si no a ese Troll del poema de Tolkien, sí a algún pariente lejano que por alguna maldición, quedó atrapado en un molde de piedra a merced del viento y la lluvia. Porque esos son los verdaderos dioses que, pacientemente, han ido moldeando a su antojo un pequeño mundo que aún, al cabo de los siglos y milenios, continúa despidiendo fumarolas de humo evanescente con intenso olor a azufre y paganismo. Tal vez esto explique, de alguna manera, la presencia de una curiosa ermita algunos metros más allá, dedicada a la Virgen de los Enebrales, de gran devoción en la comarca, por su fama de milagrera. Una verja impide el paso al interior, de manera que los peregrinos ya no pueden cobijarse en ella y descansar, como antaño.

Al contrario que la ermita, las melancólicas casas de la Ciudad Encantada, están abiertas a todo el mundo. Las puertas, los goznes y los cerrojos, hace tiempo que han desaparecido, roídos por el óxido del olvido. A veces, cuando el viento se cuela por los recovecos de las rocas o por esas oscuras cavidades que quizás en tiempos albergaran ánforas de exquisito vino, uno piensa en el lamento de una princesa mora hechizada, o quizás, en el rugido inquieto de un dragón dormido en las profundidades, allá donde las aguas se deslizan furtivamente para después aflorar a la superficie y convertirse en fuentes con propiedades milagrosas.

Al frente, y al contraluz, una esfinge mira imperturbable hacia el Oeste; quizás hacia ese mismo lugar donde el sol muere todos los días y al que acude el peregrino a recoger un pedacito de sueño al final de su camino: el Finis Terrae. Hay, entre medias, campos de labor que comienzan a sacudirse el yugo de la escarcha y mensajeros de los dioses, con su feo plumaje negro, que escarban entre los surcos para llevarse al pico el premio de una lombriz.

Pero todo es solamente una ensoñación. Cuando el caballo de la Imaginación regresa al establo y se tumba, no puedo por menos de pensar, que quizás he estado en un sanatorio al aire libre donde los locos acudimos para sacudirnos el polvo acolchado del aburrimiento cotidiano, y de paso, recuperar parte de la cordura perdida a base de electroshocks de misterio y de belleza.





(1) John Ronald Reuen Tolkien: 'Cuentos desde el Reino Peligroso', Ediciones Minotauro, S.A., 2010, página 194.




jueves, 8 de diciembre de 2011

Galve de Sorbe

Apenas una decena de kilómetros separan el curioso despoblado de Villacadima de otro pueblo, Galve de Sorbe que, a juzgar por las dos picotas que posee y el castillo que lo vigila como un silencioso halcón desde lo más alto de un cerro cercano, debió de poseer cierta relevancia en el pasado.

No deja de ser una visión fantástica, por otra parte, observar las evoluciones del ganado vacuno -terneras, principalmente- que, como manadas de búfalos en las praderas mesoamericanas, por poner un símil, deambulan en círculos por las parameras esteparias anexas a la Sierra de Pela, cuyas hierbas y rastrojos muestran una notable capa de armiño producia por las fuertes heladas de la noche, incluso en otoño, lejos aún de los rigores invernales que caracterizan el lugar.

Como en numerosos pueblos, situados dentro o fuera de la provincia, en Galve de Sorbe también existe una memoria antropológica y cultural que, como las piezas de un gigantesco puzzle histórico, hay que ir pacientemente recogiendo de los dinteles, de los balcones o simplemente de las fachadas de sus casas. La mayoría de esos objetos, aunque debidamente ortodoxos, responden, no obstante, a una memoria atávica que alcanza, en mayor o en menor medida, a todos los cultos y civilizaciones anteriores. Sólo por poner un ejemplo, se podría decir que las custodias o las cruces monxois en los dinteles cumplen la misma función, en resumidas cuentas, que, por ejemplo, esos lares o dioses del hogar que nunca faltaban en los hogares romanos.
Hay, sin embargo, una curiosa representación que, aunque no desconocida dentro del ámbito de la simbología cristiana, sí permite pensar en ese carácter solar del Cristianismo, afín a otros cultos anteriores, de los que es sabido que se nutre. Me refiero a ese imponente disco solar que impera en una de las casas cercanas a la Plaza Mayor, en cuyo centro, y en letras góticas -o similares- se observa el anagrama de Jesús. No dejo de pensar ahora, como lo pensé en aquellos momentos en los que apuntaba el objetivo de mi cámara hacia la fachada de la susodicha casa, en aquélla máxima atribuida a Jesús por los Evangelistas: Yo soy la Luz de este mundo.


Cabe añadir un detalle anecdótico: en la Plaza Mayor, enfrente del Ayuntamiento, hay un local que continúa teniendo el aspecto de lo que era antaño; es decir, un bar. Ahora es una casa particular.