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lunes, 18 de junio de 2012

Alcolea de las Peñas y su cárcel cueva




Desde luego, no es tan espectacular como las cuevas navarras de Zugarramurdi, o incluso, para no alejarnos de los límites de la provincia, de esos enigmáticos eremitorios de Cívica, testigos inmemoriales de esos tiempos en los que el ser humano buscaba su propia trascendencia en el aislamiento dentro del seno húmedo de esas matrices naturales que son las cuevas. Pero sí constituye un testimonio del pasado; una curiosa novedad, antropológica y medieval, que ha llegado casi intacta a nuestros días: la cueva-cárcel de Alcolea de las Peñas.


Una pequeña aventura cultural y antropológica, que se puede ver ampliada con la visita al cercano despoblado de Morenglos; a la necrópolis celtíbera de Valdenovillos y a los yacimientos arqueológicos del cerro el Perical. Y para recuperar fuerzas, una buena comida en una villa medieval, no exenta de encanto, como es Sigüenza.


Una sugerencia para un fin de semana en familia.

Revisado, ampliado y publicado en STEEMIT, el día 5 de marzo de 2018: https://steemit.com/swmchallenge/@juancar347/alcolea-de-las-penas-y-su-carcel-cueva

jueves, 8 de diciembre de 2011

Galve de Sorbe

Apenas una decena de kilómetros separan el curioso despoblado de Villacadima de otro pueblo, Galve de Sorbe que, a juzgar por las dos picotas que posee y el castillo que lo vigila como un silencioso halcón desde lo más alto de un cerro cercano, debió de poseer cierta relevancia en el pasado.

No deja de ser una visión fantástica, por otra parte, observar las evoluciones del ganado vacuno -terneras, principalmente- que, como manadas de búfalos en las praderas mesoamericanas, por poner un símil, deambulan en círculos por las parameras esteparias anexas a la Sierra de Pela, cuyas hierbas y rastrojos muestran una notable capa de armiño producia por las fuertes heladas de la noche, incluso en otoño, lejos aún de los rigores invernales que caracterizan el lugar.

Como en numerosos pueblos, situados dentro o fuera de la provincia, en Galve de Sorbe también existe una memoria antropológica y cultural que, como las piezas de un gigantesco puzzle histórico, hay que ir pacientemente recogiendo de los dinteles, de los balcones o simplemente de las fachadas de sus casas. La mayoría de esos objetos, aunque debidamente ortodoxos, responden, no obstante, a una memoria atávica que alcanza, en mayor o en menor medida, a todos los cultos y civilizaciones anteriores. Sólo por poner un ejemplo, se podría decir que las custodias o las cruces monxois en los dinteles cumplen la misma función, en resumidas cuentas, que, por ejemplo, esos lares o dioses del hogar que nunca faltaban en los hogares romanos.
Hay, sin embargo, una curiosa representación que, aunque no desconocida dentro del ámbito de la simbología cristiana, sí permite pensar en ese carácter solar del Cristianismo, afín a otros cultos anteriores, de los que es sabido que se nutre. Me refiero a ese imponente disco solar que impera en una de las casas cercanas a la Plaza Mayor, en cuyo centro, y en letras góticas -o similares- se observa el anagrama de Jesús. No dejo de pensar ahora, como lo pensé en aquellos momentos en los que apuntaba el objetivo de mi cámara hacia la fachada de la susodicha casa, en aquélla máxima atribuida a Jesús por los Evangelistas: Yo soy la Luz de este mundo.


Cabe añadir un detalle anecdótico: en la Plaza Mayor, enfrente del Ayuntamiento, hay un local que continúa teniendo el aspecto de lo que era antaño; es decir, un bar. Ahora es una casa particular.




miércoles, 30 de noviembre de 2011

Ruteando por Guadalajara



'Pero sucedió que el Principito, habiendo caminado largo tiempo a través de arenas, de rocas y de nieves, descubrió al fin una ruta. Y todas las rutas van hacia la morada de los hombres' (1).



Hacía tiempo que no me concedía el placer de emplear el día completo ruteando por Guadalajara. De hecho, mis últimas experiencias en la provincia, se remontaban al invierno y a la primavera cuando, quizás atraído por la dulce golosina de la nieve, visité algunos lugares tan carismáticos como Albendiego y Campisábalos, para después, más tardíamente y casi por casualidad, acercarme haste ese misterioso laberinto, cercano a Brihuega y Torija, que son los eremitorios de Cívica.

No obstante, para ser honestos, debo el placer de la ruta que aquí se muestra -que también va hacia la morada de los hombres, como la ruta del Principito- a un excelente amigo y maestro, el señor Alkaest quien, aprovechando esa tregua concedida por las últimas borrascas, ideó la ruta, invitándome gentilmente a participar en ella. Una ruta que, para aprovechar las escasas horas de luz, comenzó a las siete de la mañana del pasado sábado, cuando la legión de la noche descansa en los vagones del Metro, después de una larga velada de fiesta y botellón.

Con los primeros bostezos del sol, atrás quedaron el puerto de Somosierra y las espesas nieblas matinales de Ayllón y su entorno, hasta alcanzar los conocidos y áridos contornos de la Sierra de Pela. Verdaderamente, es aquí donde comienza un viaje repleto de atractivos; unos atractivos que aúnan Historia y Cultura, con belleza y soterrados misterios. A la vera de ésta Sierra de Pela, no es difícil comenzar a toparse con algunos de estos alicientes, por ejemplo, en el despoblado de Villacadima, cuya iglesia románico-mudéjar de San Pedro, está considerada, junto con las iglesias de las poblaciones vecinas de Campisábalos y Albendiego, uno de los puntales del románico de calidad de la provincia. Algunos kilómetros más allá, encontramos Galve de Sorbe, con las manadas de terneras retozando en unos prados arropados por la dura escarcha, su castillo sobre la colina, sus dos rollos o picotas y ese símbolo solar con el anagrama crístico en la fachada de una de sus casas, que parece querer recordar, a todo aquél que se detiene a observarlo, la misteriosa frase de Jesús: Yo soy la Luz del Mundo.

En Condemios de Arriba, las custodias de los dinteles de sus casas comparten protagonismos con los interesantes restos románicos, esmeradamente labrados, de un antiguo templo desaparecido y hace tiempo olvidado de la memoria de los hombres.




Atrás quedan Atienza y Cincovillas, y ya en la carretera de Soria, Alcolea de las Peñas hace honor a su nombre, reservándonos, aparte del recibimiento de una compañía de gatos -mendigos por complacencia, que no por naturaleza- una fascinante atracción en su denominada cueva-cárcel, existente desde tiempo inmemorial y que, según nos comentan algunas amables vecinas, hoy en día es utilizada -aparte de por algún ocasional sin techo- por grupos de montañeros que hacen prácticas de escalada y descenso, aprovechando esas aberturas que en tiempos cumplieron su función de ventanas, conservando todavía las rejas algunas de ellas. Apenas un kilómetro más adelante, y visibles desde la distancia, los restos mellados de la torre de la antigua iglesia, nos indican la situación del despoblado de Moranglos, un lugar curioso, desde luego, que todavía conserva las tumbas antropomorfas labradas sobre la dura superficie de la roca, y algunas otras señales que remontan su habitabilidad a tiempos, como mínimo visigodos según los expertos.

En Paredes de Sigüenza, los espantabrujas dibujados en la fachada de alguna de sus casas, nos recuerdan antiguos mitos y tradiciones relacionadas con los antiguos celtas, mostrando una geometría característica, suya significancia se ha ido viendo desvirtuada con el paso de los siglos. Atravesamos el pueblo de Rienda -distante unos dos o tres kilómetros de Paredes- dejando atrás las abandonadas salinas para, una vez en las afueras, echar un vistazo a su parroquial. Sobreviven algunos restos de románico rural de cierto interés, y entre los canecillos situados en su fachada sur, sorprende encontrarse con el músico y la bailarina, que remontan nuestra memoria hasta el enigmático Maestro de Agüero y San Juan de la Peña. A siete kilómetros de Sigüenza, y dejado atrás el pueblo de la Riba de Santiuste y su impresionante castillo en el que, según la leyenda, habita desde tiempo inmemorial el fantasma de una doncella mora a la que todo el mundo se refiere como Manuela, la parroquial del pueblecito de Ures apenas conserva algunos restos románicos de interés, referidos al ámbito de los canecillos, completamente lisos, y las señales de un pequeño pórtico, cegado, en su lado sur. Un kilómetro adelante, la parroquial de Pozancos, más entera y de mayor envergadura, todavía mantiene el pórtico y el ábside, aunque poco es el simbolismo asociado a uno y otro. Más interesante, y situada a tres kilómetros y medio de Palazuelos -cabe destacar en esta población parte de sus murallas medievales, la picota y el espectacular castillo mandado construir por don Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana- el pueblecito de Carabias recibe al visitante con los conocidos y elaborados espantabrujas tradicionales en la fachada de alguna de sus casas y le sorprende con la iglesia de San Salvador, del siglo XIII que, aún salvando la típica austeridad de los edificios cistercienses, conlleva la rareza de poseer una galería porticada circundante.

Guijosa, distante aproximadamente seis kilómetros de Sigüenza, atrae por la curiosidad de su castillo, cuya belleza se ve desvirtuada por una casa adosada, con puerta de almacén en uno de sus laterales, pero que reaviva el interés histórico por la proximidad de un castro celtíbero.

Termina la ruta en tres poblaciones próximas, que acrecientan el interés por el escaso románico porticado sobreviviente en la provincia: Cubillas del Pinar, Saúca y Jodra del Pinar.




(1) Antoine de Saint-Exupéry: El Principito', Editorial Alianza Editorial, S.A., vigesimoséptima reimpresión en 'El Libro de Bolsillo', 1988, página 78.