martes, 24 de diciembre de 2013

Saúca: Nª Sª de la Asunción


También en las cercanías de Sigüenza y no muy lejos de Jodra del Pinar, la población de Saúca nos reserva otra agradable sorpresa, pues dentro de su núcleo urbano, se localiza uno de los templos más interesantes del románico porticado de la provincia, dedicado a la figura de Nª Sª de la Asunción. Templo, así mismo, de bellas y equilibradas proporciones, resulta interesante observar que todavía mantiene intactas sus dos galerías porticadas; aquéllas, precisamente, que se abren a los lados sur y oeste del recinto sagrado, con dobles columnas sustentadas por capiteles, en algunos casos historiados, en los que, a pesar de no haber sido respetados en su totalidad por la erosión e incluso por la indiscriminada y estúpida acción humana, ofrecen detalles notablemente interesantes. A este respecto, llaman la atención la proliferación de capiteles que, situados en la galería oeste muestran, en sus motivos, esas antiguas alusiones al mundo anímico celta, basadas en las pequeñas cabezas, generalmente de rostro sonriente e irónico, que surgen de la floresta, cual dioses elementales llamando la atención de los generosos dones de una Madre Natura siempre dadivosa con sus criaturas.



Dones naturales, que continúan, en la galería sur, con la exuberancia de esos jardines que tan escrupulosamente tallaban los canteros medievales. Una galería que, además, nos ofrece, entre los capiteles historiados, alusiones a la Anunciación, recordándonos la presencia de un arcángel, Gabriel que, a diferencia del occidentalizado San Miguel, suele tener una importancia capital en las tradiciones orientales y particularmente en el Corán. Conocimiento y ambigüedad, mantienen una eterna lucha, en el enfrentamiento entre grifos y leones, cerca de dos figuras, quizás San José y María, que mantienen una actitud hierática, expectativa, digna, tal vez, de dos figuras netamente humanas que han visto alteradas su condición por la gracia de Dios.
En definitiva, un lugar para la contemplación y la interpretación, que puede dejar un agradable sabor en el paladar de todo viajero que se decida a realizar una ruta de interés por la zona.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Jodra del Pinar: iglesia de San Juan Bautista Degollado


Dentro del núcleo de pequeñas poblaciones que se localiza alrededor de la monumental villa de Sigüenza, se encuentra Jodra del Pinar, en cuya parte más alta, como venía siendo costumbre en épocas, se levanta la iglesia románica de San Juan Bautista Degollado, advocación que recuerda a aquélla otra, de similares características, que se encuentra en la vecina provincia de Soria, y se refiere al templo parroquial de su despoblado de Arganza. De esta iglesia, se podría afirmar, que se trata de una construcción que, si bien pequeña en conjunto y en comparación con otras imponentes construcciones de su estilo, tanto de la zona como fuera de ella, resulta, no obstante, esbelta y bien proporcionada. Llaman la atención, en primer lugar, la pequeña plataforma escalonada que, simulando los escalones del Templo de Salomón, introducen al visitante a la galería de cinco arcos, contando con el principal, y por defecto, al pórtico de entrada al templo.

 
Tiene, así mismo, una puerta abierta en el lado oeste, que permite también el acceso a la galería. Los arcos de ésta, se sustentan sobre columnas, cuyos capiteles, de sobria cuando no cisterciense belleza, muestran motivos foliáceos, que recuerdan ese concepto de paradysum o paraíso referido a los jardines y la importancia que éstos tenían, simbólicamente hablando, para las diferentes culturas del Medievo, continuadoras, a grosso modo, de tradiciones muy anteriores. Se estima que el templo, que perteneció al Común de Villa y Tierra de Medinaceli, se levantó en los siglos XII-XIII, con gentes procedentes del norte, durante las repoblaciones llevadas a cabo a medida que se iban reconquistando los territorios a los árabes.
 

viernes, 21 de diciembre de 2012

Románico porticado de Guadalajara


Generalmente considerado por historiadores e investigadores como un románico pobre y bastante rural, en Guadalajara sobreviven, no obstante dicha consideración, templos de hermosa planta, que contienen elementos de interés e influencias de ese otro románico, más puro, técnico y elaborado que, característico de los reinos cristianos del norte, fue estableciéndose en la provincia a medida que avanzaba esa gran aventura épico-nacional, que fue la Reconquista.
De este modo, veremos que entre esas influencias, no faltan diseños que caracterizaron parte de las monumentales y hasta cierto punto enigmáticas obras de venerables Maestros o Magisters Murii, como podría ser, por citar un ejemplo en cierta manera relevante, las creaciones del denominado Maestro de Agüero o de San Juan de la Peña. Esto se hace evidente, en lugares como Rienda, en cuya iglesia, a las afueras del pueblo y actualmente reconvertida en ermita, se aprecian dos canecillos basados en esas itinerantes representaciones lúdicas, tan características en el románico aragonés y jaqués, como son la bailarina y el músico que la acompaña. Menos elaboradas y por separado, es cierto, y de hecho, bastante más toscas en el diseño, constituyen, sin embargo, el vivo ejemplo de esa transmisión itinerante a que nos referiamos al principio.
También la influencia cisterciense dejó unas apreciables huellas en la provincia, de donde, entre otros, se podrían mencionar las ruinas del monasterio de Bonabal y ese enigmático centro espiritual que, aún sobreviviendo desde sus lejanos orígenes en el siglo XII, continúa siendo regido y administrado por monjas, que es Buenafuente del Sistal. Pero el Císter, además, dejó aquí, en la provincia, una hermosa joya, la iglesia del Salvador, en Carabias -curiosamente, Caravia se llama también un pueblo de la costa cantábrica asturiana, donde la tradición insiste en que en cuya costa hubo dos monasterios, uno benedictino y el otro templario, de los que no quedan restos hoy en día- cuya estructura, puesto que se supone que estuvo porticada al menos por tres de los cuatro costados, la convierte en una pieza poco menos que única.
Dignos de admiración, son también los templos de Jodra del Pinar y su curiosa advocación, idéntica a la del despoblado soriano de Arganza: de la Degollación de San Juan Bautista; el de Cubillas del Pinar, una vez dejado atrás Guijosa y su pequeño castillo, reconvertido en almacén agrario; el de Saúca, situado muy cerca de esa arteria vital que es la Autovía del Nordeste, porticado por dos de sus laterales. Y otros que, aunque vistos, como los de Beleña de Sorbe y su sorprendente calendario en la portada, similar en esencia al de Campisábalos y aquél más lejano de la iglesia de San Nicolás de Bari, en el pueblo zaragozano de El Frago, o la insuperable, cuando no plácida tranquilidad de la ermita de Santa Catalina, en Hermosilla, no dejan de constituir un pequeño tesoro artístico, que hacen que una visita termine siempre con la consideración de que ha merecido la pena.
Os propongo, a partir de este instante, un pequeño viaje por el románico porticado de la provincia de Guadalajara.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Sin abandonar el Señorío de Molina: Castellar de la Muela y la ermita de la Virgen de la Carrasca



'Nadie discute en nuestros días el alto valor de las obras medievales. Mas, ¿quién podrá razonar jamás el extraño desprecio de que fueron víctimas hasta el siglo XIX?. ¿Quién nos aclarará por qué, desde el Renacimiento, la élite de los artistas, de los sabios y de los pensadores consideraba de buen tono afectar la más completa indiferencia hacia las creaciones audaces de una época incomprendida...?'. (1)

Siguiendo la carretera nacional 211, que atraviesa como una cuchillada Molina de Aragón, encauzando al viajero hacia Teruel y sus misterios, incluida la forma hexagonal de las torres bizantinas de sus iglesias, se llega, al cabo de una decena, aproximadamente de kilómetros, al pinturesco pueblecito de Castellar de la Muela. Al final del pueblo, y tomando como referencia esa especie de churrigueresco mojón doloroso que son las ermitas-humilladero, y situado a la izquierda de la carretera, observaremos un caminillo de tierra, que se pierde hacia unos campos infinitos, en los que se alternan, desde tiempo inmemorial, terrenos baldíos y zonas de cosecha y labor. Este camino, hemos de dejarlo a apenas unos metros más arriba, y tomar la primera de las bifurcaciones que, a mano derecha, circunvalan la segunda clase de campos mencionados, con cosechas en avanzado estado de gestación. No tardaremos, entonces, en observar una solitaria estructura, de características románicas y entrañablemente rural, que cual eterno ángel custodio, vigila no sólo el terreno de los alrededores, sino también al mismo pueblo, localizado en línea recta y a cierta distancia. Se trata de la ermita románica de Nª Sª de la Carrasca, y sus credenciales, se remontan a los oscuros siglos XII-XIII y a una época fascinante, cuya épica tiene aún muchas vicisitudes que contar: la Reconquista.


Una vez situados en este punto, conviene señalar que en este mismo lugar, quiere la tradición popular -no compartida, no obstante, por todos los historiadores e investigadores- que los Pobres Hermanos de Cristo y del Templo de Salomón, los populares templarios, tuvieran en tiempos un convento. Y bien pudiera haber algo más que la mención de la tradición (2), si tenemos en cuenta no sólo las características del lugar en el que nos encontramos -con antecedentes célticos de habitabilidad, en zona de vanguardia y aspecto defensivo de la ermita- sino también, si insistimos en señalar ciertas coincidentes peculiaridades con otros lugares no excesivamente lejanos, que inducen a sospechar cierta veracidad, haciendo bueno el dicho de que el río cuando suena, es que buen caudal arrastra.
Uno de tales lugares, con sorprendente y a la vez sospechosa coincidencia, podría ser, sin ir más lejos, la emblemática población soriana de Morón de Almazán, donde nos encontramos con una tradición que refiere como convento templario en tiempos la curiosa ermita de Nª Sª de los Santos -situada, también, en las afueras, a vista de la iglesia y el pueblo-, sino que también localizamos el nombre de la Muela, en la figura mariana que alli veneran en la imponente iglesia parroquial, aunque ignoro si en el caso de Castellar, existe alguna tradición similar que hable de algún túnel que conecte ermita e iglesia, como sucede en el caso de Morón.  Casualidad o causalidad, el dato queda ahí, para todo aquél que desee continuar investigando y sacándole punta a las intrigantes excentricidades históricas, si en realidad hay alguna punta que sacar.
Ahora bien, por el contrario, para aquellos que no deseen complicarse en tan escurridizos vericuetos, y se dejen llevar, no sólo por la tranquilidad del lugar, sino también por el romanticismo y encanto implícito a estas hermosas construcciones que, según Fulcanelli, provocaban la indiferencia de artistas, sabios y pensadores nacidos a partir del Renacimiento, seguramente les resulte una experiencia grata, cuando no útil, para relajar mente y espíritu, dejando volar su imaginación por una época, la medieval, y un estilo, aparentemente tosco, como en este caso, que no obstante parece fundido con el paisaje -hasta el punto de no desmerecerle, en absoluto- y que representa, fuera de todo credo e ideología, un sencillo y a la vez profundo referente de índole marcadamente nacional.
Eso sí, si la visita se produce en verano, se recomienda tener precaución con los nidos de avispas que suelen establecerse a sus anchas, en los oscuros rincones de la galería interior. 


(1) Fulcanelli: 'Las Moradas Filosofales', Editorial Plaza & Janés, S.A., 1972, página 75.
(2) Tradición recogida también por Ángel Almazán, quien, en su novísima obra 'Guía templaria de Guadalajara', refiere dicha mención en el Nomenclator de las pueblos de la diócesis de Sigüenza.

jueves, 23 de agosto de 2012

Hinojosa: el apacible encanto de la ermita de Santa Catalina


'La ermita de Santa Catalina en Hinojosa es, sin duda, uno de los edificios más sorprendentes de todo el románico provincial de Guadalajara, y dejará en el visitante una evocación permanente de luz, de paz y de silencio...' (1)

Este edificio sorprendente, como dice Antonio Herrera Casado, se localiza en las proximidades de Labros e Hinojosa, a unos tres ó cuatro kilómetros, aproximadamente, de ambas poblaciones, siguiendo la carretera que conduce a Milmarcos. Si bien en la actualidad forma parte del municipio de Hinojosa, la ermita de Santa Catalina sobrevive milagrosamente, evocando desde su absoluta soledad, aquéllos felices tiempos en que constituía la parroquia de un pueblo hoy día desaparecido, pero del que se tiene constancia desde la Edad Media: Torralbilla. De hecho, aún se aprecian algunos restos de casas en las inmediaciones, que pueden servir para atestiguarlo o, en su defecto, para evidenciar la presencia de algún santero en tiempos.
Si bien se aprecia desde la carretera, medio escondida y aislada en ese sabinar sobre la que asienta unos cimientos que se remontan al siglo XII, existe un caminillo rural, en perfectas condiciones, que conduce hasta el pie mismo de la iglesia. Aún reformada, el visitante no tarda en maravillarse ante la sencilla pero a la vez perfecta belleza de este templo que, a juzgar por el increíble silencio y la sorprendente paz que desborda -hecho constatado y en absoluto roto por el ocasional paso de algún vehículo por la cercana carretera- no sería descabellado sacar la oportuna conclusión de que se haya enclavada en un auténtico lugar del espíritu -insisto en mi apreción, en detrimento del tan traído y llevado término de poder- entre cuyas experiencias más sobresalientes, cabría destacar el genuino sosiego que se experimenta caminando por su galería porticada. Está formada ésta, por seis arcos, sostenidos por columnas cuyos capiteles muestran motivos foliáceos. Tal sobriedad en la ornamentación, que volvemos a encontrarnos en los motivos de los capiteles del pórtico de acceso al templo, cuadra con la austeridad característica de las construcciones cistercienses -que tanto agradaban a San Bernardo de Claraval, aquélla mente iluminada que afirmaba que no tenía más maestros que las encinas y las hayas- que, como se sabe, no son ajenas a la provincia, sirviendo como ejemplo, el templo de San Salvador de Carabias. Llama la atención, la presencia de un león, de genuinas connotaciones visigodas, que campea en el muro sur, junto a una custodia, aunque ambos, león y custodia, ofrecen todo el aspecto de ser copias modernas, quizás basadas en modelos antiguos pertenecientes al propio templo, y quizás se hallen, si no en su interior, en algún museo. Se observan, también, aparte de numerosas marcas de cantería -generalmente flechas, a excepción de una pata de oca que se localiza en el ábside- algunos detalles curiosos, como un pequeño hueco en la pared, junto al arco de acceso del lado oeste, en cuyo interior se localiza una figurilla femenina que posiblemente representa a la santa. Junto a la pequeña hornacina, otro objeto labrado, pero tan desgastado que resulta poco menos que imposible de identificar.
Ahora bien, si la decoración en ésta parte del templo resulta austera, ésta varía en cuanto a algunos de los interesantes elementos que se localizan en los canecillos del ábside. Entres éstos, destacan, principalmente, los siguientes: un dragón, una serpiente enroscada que forma con su cuerpo una espiral, un rostro venerable,  una pareja en actitud erótica, aunque bastante deteriorada, un hombre con las piernas abiertas mostrando unos genitales que han sido censurados, los característicos rollos y algún instrumento musical.
Dada la imposibilidad durante mi visita de entrar al templo, me resta añadir, como colofón, la presencia en su interior -según Antonio Herrera Casado y su citada obra- de motivos zoomórficos en los capiteles absidiales y un nombre -PETRUS- grabado en una de las columnas que, previsiblemente, podría aludir al nombre del cantero.
De cualquier manera, se pueda o no entrar en el interior, una visita a este templo de Santa Catalina, es seguro que no dejará a nadie indiferente. La belleza del templo -en mi opinión, uno de los más bellos del románico de Guadalajara- y la increíble paz que se respira en él, invitan a procuarle un capricho al espíritu y recargar unas pilas quizás demasiado cansadas del mundano desquicie de cada día.


(1) Antonio Herrera Casado: 'El románico de Guadalajara', Aache Ediciones de Guadalajara, S.L., 2ª edición, 2003, página 188.

sábado, 18 de agosto de 2012

Labros



Cuando uno llega a las proximidades de Labros, resulta difícil precisar qué imagen le impacta o sorprende más: la visión de un pueblo que se enrosca como una serpiente sobre una colina, o la perfección explícita, precisamente, de esa colina bajo la que se cobija. Perfecta, o casi en su forma, no sería banal preguntarse si en tiempos históricos no llegó a albergar un poblado celtíbero o, en su defecto, el tiempo, inexorable y en más ocasiones de las que debiera, terriblemente burlón, no ocultaría bajo toneladas de tierra algún olvidado santuario prehistórico. Resulta evidente que, cuando uno alcanza la cima, no vislumbra rastro alguno que le aliente a mantener el pensamiento de los celtíberos, acostumbrados a asentarse sobre las cimas de las colinas, hubiesen albergado un hábitat en el lugar. Cosa que, por otra parte, no sería extraña, pues si en algo destaca el Señorío de Molina es, precisamente, por la profusión de castros celtíberos descubiertos en su territorio. Baste como ejemplo, el del Ceremeño, situado en la cercana población de Herrerías o aquél otro, apenas visible y prácticamente inexplorado que, de nombre los Villares, se localiza en el término de Castellar de la Muela, no lejos, supongo, del lugar donde se levanta una ermita que, según algunas tradiciones, en tiempos fue templaria: la de la Virgen de la Carrasca.
No es ninguna novedad, tampoco, que lo más monolítico o prehistórico que puede localizarse en Labros, se asiente sobre la parte más alta del pueblo. Me refiero, obviamente, a su parroquial que, aunque no lo parezca a simple vista, aún conserva -que no es poco- una notable portada de sus primigenios orígenes románicos. Unos orígenes que, aunque pertenecientes a ese románico pobre con el que algunos autores definen el románico de Guadalajara, aún conserva, no obstante, ciertos elementos sobre los que hacerse, cuando menos, algunas preguntas, por más que éstas puedan resultar hipotéticamente desdeñables a lo doctamente establecido.


La visión de esas arpías, o quizás, de esas sirenas que mantienen las crías sobre su lomo, tal vez no sea una visión demasiado sorprendente en un estilo que recurría a lo simbólico y lo mitológico para educar, previsiblemente en las facetas de virtudes y pecados, blanco y negro, cielo e infierno, a una población extremadamente ignorante, sin posibilidad de educación y fácilmente moldeable, como gustaba a prelados y señores. Ni tan siquiera en la presencia de los nudos eternos, magníficamente labrados, y sus posibles raíces célticas cabría tampoco sorprenderse, pues resultan elementos tan comunes como los otros, cuando no más. Ahora bien, cuando se ve a un solitario jinete que parece ajeno a la secuencia mostrada por arpías, nudos y sirenas, no se puede evitar preguntarse si cabe la hipotética posibilidad de hallarnos ante un elemento teóricamente poco frecuente en el románico de la provincia -al menos, en mi ignorancia, no recuerdo otro-, como pueda ser aquél sobre el que recaen nombres tan carismáticos como caballero verde o caballero apocalíptico o, rizando el rizo cultural, caballero cygnatus, en clara referencia a una mitología, la celta, para nada desconocida en estas misteriosas tierras.
Cierto es, así mismo, que, independientemente de que el deterioro impide comprobar claramente la cabeza dl animal que monta el jinete, le faltaría un elemento primordial: la figura, bien monstruosa bien humana, que suele representarse bajo los cascos del caballo, a semejanza del tradicional San Miguel doblando al Diablo. Sin olvidar, por supuesto, el simbolismo que rodea la figura del caballo, tanto en su función de vehículo hacia el Conocimiento, como vehículo, también, de orden ctónico. Otros detalles mencionables de este pórtico, pueden ser sus motivos ajedrezados y otro tipo de nudo que, por ejemplo, también se localiza en los arcosolios del ábside de la parroquial de Castrillo Solarana, pueblo perteneciente al entorno de Silos, en Burgos.


El panorama desde esta altura sobre la que se levanta la parroquial de Labros, también es digno de mención. Resulta especialmente llamativo, como una acuarela que alterna campos de labor y barbecho y alguna extensión de monte bajo -típica cromática castellana- custodiados, no obstante al frente, cual inmutable y eterno pastor, por otro altiplano con forma de plato invertido.
De regreso otra vez por esas calles estrechas, de casas que parecen apollarse solidariamente unas con otras, tal vez nos sorprenda encontrarnos un curioso grabado en el dintel de una de las más antiguas. Un grabado que representa un corazón y una jarra. La solución al enigma, la encontraremos -si no lo hemos descubierto a nuestra llegada- en un sencillo monumento que la Escuela de Folklore de Guadalajara ha dedicado a uno de los hijos predilectos del lugar -Lorenzo Cetina (1644), previsiblemente nacido en la mencionada casa- y a todos los dulzaneiros que han llevado júbilo por los confines de esta tierra.
Labros, un pueblo agradable en los confines del Señorío de Molina.

martes, 24 de julio de 2012

Ruteando por el Señorío de Molina


Hay ocasiones en las que seguir una ruta determinada, aunque corta en apariencia, no deja de ser, sin embargo, sumamente instructiva y desde luego interesante. Realizar una exploración más o menos profunda, de un territorio tan extenso como es aquél que comprende el Señorío de Molina de Aragón, requeriría, cuando menos, un tiempo prudencialmente largo; sobre todo, si entre las intenciones se pretende llegar a trillar esa soberana y accidentada zona, que se ha dado en denominar como del Alto Tajo y que, aparte de su esplendorosa belleza, comprende lugares tan interesantes y mistéricos como el barranco y el santuario de la Virgen de la Hoz, que se localiza en las proximidades del pueblo de Ventosa; el santuario de la Virgen de Montesinos, a las afueras de Cobeta; la zona allende a uno de los más antiguos y a la vez fascinantes monasterios de Guadalajara, como es el de Buenafuente del Sistal, o acceder a esas formidables cascadas y depresiones naturales que conforman el entorno de Peralejo de las Truchas. La ruta que propongo aquí, y que realicé el pasado sábado -sobre todo, por retomar esa fascinación que siempre he sentido por salir a los caminos y empaparme no sólo de la belleza de los lugares, sino también de sus múltiples e innumerables misterios- aunque más corta y menos accidentada, en cuanto al terreno a recorrer se refiere, recoge, no obstante, lugares y detalles, no exentos de misterio e interés.
Un buen ejemplo de ello, y pretendiendo guardar el orden original de la ruta, se encontraría en Anchuelo del Campo, dejando atrás una iglesia que ha perdido -al menos exteriormente- toda referencia románica, si alguna vez la tuvo, y siguiendo la carretera hacia Labros y Milmarcos. A pie mismo de carretera, en esa calle de la Iglesia, una vieja casona de blancas paredes, luce con orgullo un escudo ancestral. Un escudo, entre cuyos elementos, encontramos dos interesantes referencias a la cultura celta, como son las hoces -recordemos que los druidas se valían de hoces de oro para recolectar el muérdago sagrado- y los calderos, que podrían hacer referencia, entre otras, a ese mítico Grial céltico, denominado Caldero de Dagda, al que la tradición no sólo reconoce curaciones milagrosas, sino también la facultad de devolver la vida, y que hallamos representados en piedra en lugares tan distantes como el Valle de Losa -con su mistérica iglesia de San Pantaleón-, o en la parroquial, burgalesa también y bastante reformada, por cierto, de Bahabón de Esgueva. También habrá, lógicamente, quien desestime estas consideraciones como tonterías esotéricas y vea en ellos una reseña más cercana a las características y afinidades del lugar. Evidentemente, todas las opiniones son respetables.
Siguiendo, aproximadamente diez kilómetros más esa carretera CM 2017, que corcovea entre valles y montes, encontraremos un desvío a la izquierda, que señala el siguiente punto de destino: Labros. Aunque en el cartel indicativo, a pie de carretera, tal vez sorprenda encontrarse con un nombre, Sisamón, que recuerda mucho, por su fonética, a aquél otro Sasamón burgalés, en cuyo término se localizan los restos de la portada de una iglesia -la de San Miguel- sobre cuyo posible templarismo hay por ahí alguna que otra sospecha y referencia, buscaremos los pocos restos románicos de una parroquial que se sitúa en lo más alto de un pinturesco lugar, cuyas casas se apiñan bajo ella, siguiendo la trayectoria cónica de ese monte bajo el que se cobijan.


De su época románica, sobrevive tan sólo la portada, en cuyos capiteles se aprecian entrelazados -o nudos eternos, según se mire y simbólicamente hablando- que comparten protagonismo con arpías y un singular caballero que, aún a falta de elementos clave como doncella, monstruo al que pisotear o halcón, bien pudiera representar un caballero del Apocalipsis o Cygnatus, antagonista o anunciador de un cambio de religión: el fin del mundo antiguo y el comienzo de un mundo nuevo, marcado por el signo de la cruz.
No muy lejos de Labros, y retornando otra vez a esa carretera CM2017 en dirección a Milmarcos, el viajero no ha de sorprenderse si en su ruta tropieza con un auténtico Lugar de Poder; o, como a este viajero en particular le parece más apropiado denominar, con un Lugar del Espíritu: la ermita del siglo XII de Santa Catalina, en Hinojosa. Su sencillez, la sombra generosa de su galería porticada, los pequeños detalles y algunos interesantes canecillos en su ábside, dejan de tener importancia e incluso sentido, frente a la enorme paz que se respira allí. Una paz, apenas alterada por el paso ocasional de algún vehículo y respetada, cual berciano Valle del Silencio, comparativamente hablando, por animales y aves.
De vuelta por donde hemos venido, y en dirección a Molina de Aragón, Tartanedo aún puede sorprendernos con algunos detalles de cierto interés. Entre ellos, no cabe duda, la presencia de esos hombres verdes o salvajes, que sostienen un antiguo escudo nobiliario, no muy lejos de una iglesia, la de San Bartolomé, que aunque notablemente modificada, aún conserva algún rastro románico en su portada y canecillos -incluida la graciosa figura de un monje en oración- y ese interesante detalle, que comienza a ser frecuente en las iglesias molinesas que apuntan hacia Teruel, de su cupulilla o cimborrio de forma hexagonal, que remeda, de alguna manera, -y soy mal pensado- ese tipo de construcción basada en la Cúpula de la Roca de Jerusalén.
Hacia Teruel, precisamente hemos de encaminar nuestros pasos, y dejar atrás Molina de Aragón y los impresionantes lienzos de su fortaleza medieval para, después de recorrer unos diez kilómetros -kilómetro más, kilómetro menos- acercarnos hasta el pueblecito de Castellar de la Muela. Allí, entre campos de labor, visitar esa pequeña joya del románico rural -en la que según algunos autores, se sitúa cierta tradición templaria, no obstante considerada como una fábula por un auténtico especialista en Gudalajara y su provincia, como es Antonio Herrera Casado- de Nª Sª de la Carrasca.
En definitiva, pequeñas rutas, pequeñas maravillas.