martes, 13 de noviembre de 2007

Hita, la ciudad del Arcipreste


'¡Estrella de la mar!
¡Puerto de folgura!
¡De dolor e pesar
e de tristura
venme librar
e conortar,
Señora, del altura!'
[Cantiga del Arcipreste de Hita]

*******
De murallas blancas como la luna y calles que aún conservan su influencia medieval, Hita aguarda plácidamente al visitante desde su privilegiada situación a escasos kilómetros de Torija y no excesivamente lejos de Guadalajara. Resulta imposible hablar de esta ciudad castellana, sin hacerlo, también, de Juan Ruiz, el que fuera su Arcipreste, cuyas Cantigas a Santa María, el tiempo ha querido que terminaran siendo famosas y conocidas en todo el mundo, constituyendo tema de estudio en numerosos manuales de Historia y Literatura.

martes, 6 de noviembre de 2007

Atienza: iglesia románica de la Virgen del Val


'Las estrellas siguen ahí, aún cuando estén ocultas. Los dioses esperan, incluso a quienes los desconocen'

[Morris West: 'El Navegante']

En el camino que se dirige hacia Soria, fuera de las murallas que protegían en tiempos la estratégica ciudad de Atienza -aunque siempre a la vista del castillo- se encuentra la iglesia románica de Santa María del Val, digno exponente de un siglo -el XII- prolífico en este tipo de construcciones.
Se supone que fue edificada para ser el centro de un poblado


[En construcción]




martes, 23 de octubre de 2007

Villacadima: iglesia románica de San Pedro


'El más escéptico de todos,
es el Tiempo,
que con los Nos hace Síes
y con el odio amor
y al contrario.
Y si el río no remonta a su fuente,
y si la manzana caída no salta
y se reúne con su rama
es porque te falta paciencia para creerlo'
[Paul Valéry: 'Salmo T']

***

Situado en la Sierra de Pela, muy cerca de la frontera con la provincia de Segovia, los muñones inertes de sus casas comparten soledad con una vegetación estéril, salvaje, que invade a su antojo lo que un día constituyó el hogar de familias cristianas, el rastro de cuya historia se pierde, diseminado como la simiente en el campo, en poblaciones más afortunadas y prósperas. A juzgar por el cartel, que aún indica claramente su nombre a la entrada del pueblo, el visitante que llega por primera vez todavía conserva la esperanza de encontrar a algún vecino con el que mantener una agradable conversación y al que hacer multitud de preguntas sobre el lugar; sobre su historia; sobre sus habitantes, y cómo no, acerca de la magnífica iglesia románica de San Pedro, en cuyo cartel -que se levanta, también, a la entrada del pueblo- alguien ha escrito con spray negro el siguiente grafiti: 'Castilla despierta'.
Pero como decía, no hay vecinos en Villacadima, aunque sí fantasmas que puedan llegar a despertar, si algún día ocurre un milagro similar a aquél otro que con un beso -que según la historia- liberó las encantadas pupilas de la Bella Durmiente del cuento. Por no quedar, ni siquiera queda un perro rehacio a abandonar el hogar donde un día compartió refugio y comida con seres humanos a los que consideró amos. Sólo los pájaros revolotean a su antojo por entre las ruinas de sus casas desiertas y el único sonido que se puede obtener de ellos, es su graznido, agudo, persistente y nervioso -en el caso de los cuervos y los grajos- cuando alguien perturba unos dominios que comienzan a considerar como suyos.
Nos encontramos, pues, ante un pueblo encantado que languidece lentamente -como aquellos famosos versos de Verlaine que anunciaban la inminencia del desembarco Aliado en las playas de Normandía- inmerso por completo en un sueño, que pronto se convertirá en olvido eterno.
'¿Sueñan los ovejas con sueños eléctricos?', se preguntaba el prolífico escritor Phillip K. Dick en una de sus novelas, que posteriormente la magia de Hollywood convirtió en un auténtico clásico de la ciencia-ficción: Blade Runner.
'¿Sueñan los insectos -no dejo de preguntarme yo- con llegar a ser un día los reyes indiscutibles del mundo?'. Y es que, caminando entre las ruinas, te salen al paso como un ejército de guardias fronterizos, celosos de asegurarse -y espantar, si fuera necesario- a los inoportunos forasteros que ocasionalmente transitan por allí. Los hay a montones, pero, curiosamente, es en la zona del ábside de la iglesia donde moscas y avispas aúnan esfuerzos, en una asociación que, supongo, se vuelve a disolver una vez conseguido el objetivo de rechazar al intruso que se atreve a invadir su intimidad.
Pero éste, no obstante obstinado, también tiene un objetivo que cumplir y aún permanecerá un largo rato -arriesgándose a la desesperante pesadez de unas y a las posibles y dolorosas picaduras de las otras- relamiéndose frente a la belleza inerte de una auténtica joya del expresionismo románico, que no en vano está considerada como una de las más importantes representaciones del bien llamado 'románico de la Sierra de Pela': la iglesia de San Pedro, fechada por los historiadores alrededor del año 1220.
De clara influencia mudéjar -como sus homónimas de Campisábalos y Albendiego- la iglesia de San Pedro conserva -algunos no tan intactos, como sería de desear- los suficientes enigmas en su robusta estructura, como para que su estudio resulte todo un desafío a la imaginación.

Reformada en varias ocasiones a lo largo de los siglos, en el pórtico de entrada se puede intuir, tomando como patrón las dovelas dentadas, la misma influencia de la escuela románico-mudéjar que levantó los pórticos de la cercana iglesia de San Bartolomé, en Campisábalos. Consta de cuatro arquivoltas semicirculares, mostrando la más externa una genuina decoración basada en elementos vegetales, donde tallos y hojas se entremezclan, dotándola de un efecto decorativo sorprendente, similar al que se puede contemplar en la catedral de Sigüenza, por poner un ejemplo.
Pero si interesantes son las figuras -variadas y todavía en relativo buen estado- de los canecillos que en hilera se extienden hasta el ábside, no menos interesantes e intrigantes son las marcas de cantería que, situadas precisamente debajo de éste, abren la puerta a un sin fin de posibilidades e hipótesis, a cuál más atrevida y sugestiva para los amantes de los enigmas medievales.
En efecto, constituyendo este detalle una absoluta novedad en comparación con las marcas -escasas y sencillas- que a duras penas se pueden apreciar en las iglesias homónimas de Santa Coloma y San Bartolomé, en Albendiego y Campisábalos respectivamente, el mensaje inherente a las marcas canteras de San Pedro, atrae inmediatamente la atención del investigador, susurrándole, desde la curiosa idiosincracia de su morfología, oscuras y secretas claves que se pierden en la noche de los tiempos y que posiblemente derivan, en cuanto a tradición, al tiempo de las primeras hermandades de constructores.
Curiosamente, y sirva este detalle como dato, no se aprecian huellas de marcas en el resto de la estructura; lo que puede indicar, bajo mi particular punto de vista, que esa zona específica del ábside -donde éstas se agrupan- estuviera especialmente diseñada para dejar mensajes específicos, visibles, pero cuya interpretación, no obstante, es únicamente accesible para los iniciados.
Poderosamente la atención, llaman, también, dos curiosas marcas -situadas en paralelo y a la misma altura- que por su peculiar forma, recuerdan unas suelas, y que -a falta de mejor interpretación- inducen a pensar en los zapateros, un gremio que -al igual que el de los sastres- parece hallarse a años-luz de distancia de las auténticas hermandades de constructores.
[En construcción]





Una anécdota sobre María Magdalena



'María Magdalena es la figura más misteriosa de los Evangelios canónicos. A pesar de la relevancia que esta mujer tiene en el desarrollo de la vida y la doctrina de Jesús de Nazareth, la Iglesia 'oficial' siempre tuvo miedo del personaje. El principal temor de los altos estamentos eclesiásticos se basaba en un hecho decisivo: a juzgar por los textos, María Magdalena parecía asociada afectivamente a Jesús...'


[Juan Arias: 'La Magdalena, el último tabú del cristianismo']



Apenas había actividad en Campisábalos, aquélla mañana de domingo. El sol, tímido al principio, cuando salí de Madrid, comenzó a apresurar la retirada de las sombras, logrando que su luz comenzara a iluminar los valles, montes y quebradas que atravesaba en mi camino, una vez que abandoné la autovía de Aragón algunos kilómetros más allá de Torija.
De manera mortecina, aunque progresiva, los conatos de niebla -algunos más pertinaces en las proximidades de Miralrío y Jadraque- comenzaron a disolverse como fantasmas huidizos frente a la visión insuperable del astro rey.
Sobre lo alto de la colina, el castillo cidiano mostraba -cuál si fuera un cabestrillo metálico- el armazón superpuesto de los andamios que descansaban, inertes y en silencio, en espera de los trabajadores que a partir del lunes volverían a caminar sobre él, con el fin de restaurar las heridas de aquél impresionante monumento histórico, testigo de acontecimientos gloriosos, figurando alguno de los cuales en el celebérrimo Cantar de Mío Cid.
En lontananza, e igual de madrugadoras que el que suscribe, algunas bandadas de pájaros -golondrinas en su mayoría- trinaban ruidosamente, mientras dirigían su vuelo hacia el este, posiblemente dando la bienvenida a esa diaria y simbólica resurrección que protagoniza el sol cada amanecer, motivo de culto en numerosas culturas de la Antigüedad.
Atrás quedó también Atienza, con su castillo y la iglesia románica de Santa María del Rey, que custodian desde lo más alto una ciudad de aspecto apacible y medieval cuyas piedras, a poco que se moleste uno en visitar, tienen aún muchos secretos y mucha historia que contar.
Algunos kilómetros más allá, poco antes de llegar a Cañamares, los cerros volcánicos de La Miñosa semejaban un pequeño 'lado oculto de la Luna', reflejando a duras penas la luz diurna en la arrasada opacidad de su contorno.
Somolinos, el pueblo cuyo corazón parte en dos la carretera, dormitaba, poco menos que desierto, mientras el óvalo azulado de su laguna le hacía un guiño al sol, mimosa ésta cual una mujer enamorada.
Una vez en Campisábalos, como decía al principio, la poca actividad me permitió examinar a gusto uno de los más bellos e importantes elementos del denominado 'románico de la Sierra de Pela': la iglesia de San Bartolomé.
Eran aproximadamente las once menos cuarto de la mañana, cuando el párroco -un hombre relativamente joven, que rondaría, en mi opinión, la cuarentena escasa de edad- acudió presuroso a abrir la puerta y preparar la liturgia pertinente para la celebración de la misa de las once.
Sin dilación, decidí aprovechar la oportunidad que se me brindaba, franqueando el hermoso pórtico románico de la entrada detrás de él, siempre con la cámara preparada en una mano y el cuaderno de notas en la otra.
Muy amablemente -todo hay que decirlo-, el buen hombre accedió a mis deseos de fotografiar la iglesia por dentro, y aquélla buena disposición, me satisfizo profundamente, pues en cierto modo, compensaba un poco la balanza que hasta entonces se inclinaba decididamente hacia el lado de las 'puertas cerradas'.
Dado que apenas disponía de unos minutos ante la inminencia de la misa -de hecho, ya se escuchaban voces en el exterior- no pude entretenerme demasiado en estudiar todos los detalles. Sí tuve ocasión -y aquí radica el motivo de la presente exposición- de observar, en sendas hornacinas situadas a ambos lados de la nave, las figuras de San Bartolomé -a quien está dedicada la iglesia, y por añadidura, santo patrón del pueblo- y otra que, bien por costumbre o bien por ignorancia -mea culpa- tomé por la Virgen.
Aprovechando la presencia del párroco y deseando disponer de una información lo más fidedigna posible, me acerqué hasta donde se encontraba, a escasos centímetros del altar, y le pregunté:
- Perdone. ¿Qué Virgen es ésta?.
Su reacción me recordó -y al decir esto, no pretendo hacer comparaciones, pues sería muy injusto- esa escena ambientada en la película 'Drácula' de Francis Ford Coppola, en la que el conde reacciona violentamente cuando Jonathan Harker hace un comentario irónico acerca de Dios.
- Es María Magdalena, -contestó con brusquedad.
Luego, pasadas unas décimas de segundo en las que el silencio se me antojó tan espeso como una taza de chocolate, añadió:
- ¡Y no era ninguna Virgen!.
Entonces opté por dar las gracias y abandonar prudentemente la iglesia. A fin de cuentas, los fieles comenzaban a entrar, ocupando los bancos, mientras el párroco, dándose media vuelta, se dirigía hacia el altar sin prestarme ya la más mínima atención.
Reconozco que sentí cierto desasosiego; un pesar muy profundo, al comprobar que incluso en pleno siglo XXI, la Iglesia -lejos de reconocer la verdadera importancia que ésta singular mujer tuvo en la vida de Jesús- continuaba aferrándose, con más fuerza aún si cabe, a relegarla a ese papel de menosprecio y arrinconamiento a que fue sometida por Pedro, el más irascible y posiblemente el más machista de todos los apóstoles y que, como una maldición, continúa arrastrando con el transcurrir de los siglos.
Es posible -en esto sólo el tiempo y las nuevas mentalidades tienen la palabra- que el día en el que se reconozcan debidamente los derechos e igualdades de la mujer, se reconozca también la figura de ésta singular fémina, cuya verdadera importancia sólo unos pocos conocen y veneran y que -guste o no a los herederos del trono de Pedro- fue algo más que una simple parábola en el camino del Hijo de Dios.

sábado, 20 de octubre de 2007

Somolinos



'Yo no esperaba menos de mis ricos desiertos
que un tal engendramiento de furor y ansiedad:
su fondo apasionado brilla de sequedad,
y hasta donde en mis ojos la sed de ver avanza
de infiernos pensativos ve el fin sin esperanza...'


[Paul Valéry: 'El cementerio marino']

***
Cuando Julio César, al frente de sus curtidas legiones, cruzó el río Rubicón, aseguran los historiadores que sus palabras fueron: 'alea jacta est'. Ahora bien, resulta curiosa la manera en que estos mismos historiadores no terminan de ponerse de acuerdo en relación a su auténtico significado; lo que para unos la mencionada frase significa, literalmente, 'la suerte está echada' -y tanto, porque esa acción significó el comienzo de una cruenta guerra civil, en la que Cneo Pompeyo perdió la cabeza en Egipto y la Humanidad la insustituible Biblioteca de Alejandría-, para otros, esa supuesta literalidad no sería otra que aquella que la traduce como 'que rueden los dados'. Para los cristianos, el sentido de dicha frase equivaldría a 'que sea lo que Dios quiera', mientras que los musulmanes lo definirían como 'hágase la voluntad de Alá'. Disparidad de expresiones u opiniones, para definir, en el fondo, un concepto único e indivisible. Curiosamente, esa singular disparidad se asemeja, subjetivamente hablando, a las sensaciones personales que suelo experimentar, cada vez que la aventura me obliga a pasar por Somolinos.
Lo he hecho últimamente para dirigirme a Campisábalos y Villacadima. Y por el interés del románico que se puede degustar en estos dos pueblos -el último prácticamente en ruinas, motivo por el que bajo mi punto de vista, el tiempo no tardará en convertirlo en un auténtico pueblo fantasma, semejante a esos que se muestran en muchas películas del western norteamericano-, sé que volveré a hacerlo en varias ocasiones más en el futuro.
Tengo, como decía, disparidad de sensaciones, que siempre -no sabría explicar por qué- me recuerdan esta curiosa anécdota histórica. Tampoco sabría explicar por qué, cada vez que paso por Somolinos, con el pie apenas pisando el pedal del acelerador para no traspasar el límite de velocidad, siento que atravieso un pueblo pequeño, cuyo corazón está partido en dos por una carretera que lo atraviesa -valga la redundancia- como si fuera la famosa flecha de Cupido. Veo, también, una parada de autobús -siempre vacía y solitaria, a pesar de su buen aspecto- y no puedo evitar preguntarme cómo será la vida de esos viajeros que, seguramente, tienen que buscarse a diario el pan que llevarse a la boca en poblaciones más grandes y alejadas, que dispongan de una industria de la que allí carecen.
También veo una ermita, pequeña y solitaria, tosca y cuadrada como un hórreo asturiano a la salida del pueblo -o a la entrada, según sea la dirección de donde se venga- de fachada descolorida y los cables del tendido eléctrico rozando peligrosamente las tejas maltratadas de su tejado. Así mismo veo, en la parte baja del pueblo, aunque parcialmente oculta detrás de algunos árboles de frondosas ramas, otra iglesia cuya importancia -quizás- radica en el volumen de su estructura y a la que todavía la curiosidad no me ha empujado a visitar, aunque no dudo de que lo hará posiblemente en un futuro no demasiado lejano.
Algunas veces, he observado a mi paso, gentes sencillas que me miran curiosas, seguramente preguntándose qué motivos pueden llevar a un madrileño a pasar por allí.
Pero lo que más me llama la atención, es esa aguamarina de color azul, forma de ópalo y aguas tranquilas, que saliendo del pueblo y a mano izquierda, reflejan como un espejo parte de la agreste configuración de la Sierra de Pela. Parcialmente rodeada por un pequeño bosquecillo de árboles, donde alternan como buenos amigos aquellos de hoja perecedera con esos otros más afortunados e impasibles de hoja peremne, constituyen los primeros un augurio natural, cuyas hojas amarillentas previenen oportunamente el cambio de estación y, por tanto, en este caso, la proximidad del otoño.
Como en muchos lugares cercanos a un lago o una laguna, la homónima de Somolinos tiene estrechos senderos flanqueados de vegetación que, unidos a la prolongación que en algunos tramos suponen las ramas de los árboles, constituyen escenarios chinescos; paisajes fantasmagóricos en los que apenas consigue penetrar la luz del sol, y cuya sombra, en verano, es una garantía de frescor, sosiego y bienestar para el sudoroso excursionista.
Siendo, además, una reserva natural protegida, la fauna de la Laguna de Somolinos sobrevive con una apacible e idílica tranquilidad, sólo rota en ocasiones por el ruido de los vehículos que se desplazan por la cercana carretera.
Somolinos, pues, no deja de ser, en el fondo, un pueblo de paso que, aunque ningún poeta ha situado en las cercanías de su laguna la leyenda de un soñador persiguiendo un rayo de luna, descansa bajo las faldas de una sierra -la de Pela- cuya fama de misterio es garantía suficiente para que nunca falten visitantes que, aunque sólo sea de paso, se detengan un momento para escribir un par de notas y sacar una oportuna reseña.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Albendiego: sueño de otoño



'Alto soy de mirar a las palmeras,
rudo de convivir con las montañas...
Yo me vi bajo y blando en las aceras
de una ciudad espléndida de arañas.
Difíciles barrancos de escaleras,
calladas cataratas de ascensores,
¡qué impresión de vacío!,
ocupaban el puesto de mis flores,
los aires de mis aires y mi río'.
[Miguel Hernández]

Antes de llegar al pueblo, contrastando con el gris plomizo de las nubes, terribles emisarias de la tormenta que se avecina, un artístico cartel que representa al ilustre caballero Don Quijote de la Mancha acompañado por su inseparable escudero, el fiel Sancho, previene al viajero de que su viaje está a punto de finalizar. Poco antes de llegar a la penúltima curva -en la frontera entre los campos de labrantío y el bosque- a mano derecha y escondida entre una tupida vegetación, una casona de piedra y aspecto abandonado recuerda a aquella otra donde vivía la pérfida bruja del cuento de los hermanos Grimm, titulado 'Hansel y Grethel', aunque en ésta, visible por encima de la ventana derecha, se aprecia una curiosa cruz hecha con ladrillos. En el chamizo que hay junto a la casa, apoyadas en un oscuro dintel que nunca conoció puerta ni bisagras, dos antiquísimas ruedas de molino descansan un sueño eterno, suspirando, quizás, con esa dulce y perdida caricia de las aguas del río, el sonido de cuya corriente se puede escuchar algunos metros por detrás. Hay un caracol que se desliza parsimoniosamente -como no podía ser de otra manera- por el canto desgastado, gris y cubierto de musguillo de una de ellas, dejando un pequeño rastro plateado a su paso. Su concha muestra unas espirales que, por su forma, constituyen en sí mismas el dibujo de una pequeña galaxia. La tierra, húmeda y formando grandes charcos en algunos lugares, es suficiente testimonio de la lluvia caída durante la noche. Después de la terrible sed que acompaña a los calurosos meses de estío, toda agua caída es poca, y el campo lo agradece.
A veces, el viento agita las ramas de los árboles, haciendo sonar los cascabeles de las hojas. Es precisamente este susurro de hojas el que parece despertar en el visitante la curiosa sensación de ser portador de misterios ancestrales; de antiguos sortilegios emparentados con oscuros dioses paganos, cuyo efecto -ajeno a las rígidas leyes de la Física conocida- hubiera conseguido detener el tiempo en ese pequeño y preciso lugar, no demasiado maltratado aún por la mal llamada civilización.
He aquí la clave, el imán que atrae a éste pequeño pueblecito de apenas una cincuentena de habitantes, a multitud de curiosos; a investigadores -científicos y pseudocientíficos-, aventureros y, aunque parezca increíble, a algún que otro emigrante que ha encontrado su sitio y lugar en este pequeño punto geográfico perdido en el mapa. Resulta plausible que atraiga a algún poeta también; y apurando lo inapurable, incluso a algún místico moderno intentando seguir el rastro de aquellos santos eremitas que se retiraron a los lugares más recónditos y agrestes de ésta pinturesca región alcarreña, dando lugar a particulares cultos y leyendas. Porque resulta seguro afirmar que todo el que se deja caer algún día por Albendiego, en realidad no lo hace por casualidad, sino que busca algo.
El mayor reclamo, sin duda alguna, lo constituye la iglesia románica de Santa Coloma, siglo XII; su cercanía con otra no menos interesante ermita, la del Alto Rey, así como la presencia en la zona -al parecer- de una orden de caballería medieval, cuya leyenda, la mayoría de las veces, roza lo descabellado, hipotético e imposible: la Orden del Temple.
No me cabe duda de que todas estas circunstancias las tiene muy en cuenta don Sebastián, el sexagenario alcalde, cada vez que un forastero se acerca hasta su casa, le expone su deseo de visitar por dentro Santa Coloma y él le entrega las llaves de la iglesia.
Situada entre la plaza del Excelentísimo y Reverendísimo doctor Ricote y la calle Quintanares -resulta interesante la cenefa que adorna precisamente la casona de la esquina-, la casa de don Sebastián es un digno exponente de esa mal llamada, en mi opinión, 'arquitectura negra' que caracteriza algunas zonas y pueblos de la Guadalajara profunda.
Posee, como el resto de las casas del pueblo, una puerta de entrada pequeña, que recuerda a aquellas otras que flanqueaban el umbral de los hogares de esos curiosos personajes de la Tierra Media creados por la fantasía de Tolkien, los cuales se distinguían tanto por su valor, como por su pequeña estatura. Tiene, también, un diminuto porche donde destacan algunas macetas con flores de llamativos colores, así como un pequeño banco de piedra a cuyo pie descansa, tumbada cual largo es, una simpática perrita de raza cocker, de pelaje gris y negro.
Al contrario que en muchas otras casas de Albendiego, por encima del umbral de acceso al hogar de don Sebastián, ningún símbolo o escudo llama la atención. Y 'habelos' -como dirían en Galicia, refiriéndose a las brujas- 'haylos'.
En efecto, no deja de ser todo un reclamo que enseguida llama la atención del forastero, la prolífica cantidad de umbrales adornados con símbolos cabalísticos, entre los que destaca la exalfa o Sello de Salomón, con cruz incluída en el centro que, por ejemplo, luce el pórtico de la casa anexa a la de don Sebastián.
No demasiado lejos de allí, en otra de las calles transversales a la plaza, es posible apreciar -al lado de un número 3 pintado en rojo- una especie de flor encerrada en un círculo, cuyos pétalos forman, también, una exalfa, elemento éste bastante común en muchas iglesias románicas, que se suele identificar como 'la flor de la vida'. Cerca de ésta, el pórtico de otra casa luce una forma indefinible a simple vista, pero en cuya parte interior destaca la figura inconfundible de un diminuto corazón.
No obstante, y sin lugar a dudas, dada su rareza y difícil interpretación, el escudo que se puede apreciar en la Plaza del Dr. Ricote, deja abiertas, al amante de los misterios, multitud de posibilidades, despertando, de paso, los idus de su imaginación.
Como digo, enclavado en la pared, como si formara parte de un ventanuco condenado, el enigmático escudo muestra los siguientes elementos: en la parte superior, lo que parece ser un ángel encima de una nube; en la parte inferior, una calavera con las tibias cruzadas -el típico emblema de la Jolly Rogers, la bandera pirata que, según algunos autores sensacionalistas, habría sido creada por templarios convertidos en filibusteros, que actuaban en la clandestinidad una vez definitivamente disuelta la Orden en 1312-; a cada lado, semejantes a calaveras, seis pequeñas cabezas.
Surgen, inevitablemente, las preguntas acerca de su origen: ¿herencias ancestrales?. ¿Elementos de antiguas edificaciones, utilizados por los vecinos como adornos para sus casas?. Tentado estoy de preguntárselo a don Sebastián, en el preciso momento en el que -sin peros ni objeciones- me entrega la llave de la iglesia de Santa Coloma.
Según me dirijo hacia allí, siguiendo la senda de un camino que parece definir frontera entre campo y bosque, llanura y monte, no dejo de pensar en todo esto.
Me llama la atención, sin embargo, el acto de confianza de don Sebastián al entregarme, sin ningún tipo de desconfianza, la llave de la iglesia y no puedo evitar recordar a esa banda de auténticos desalmados recién desarticulada por la Guardia Civil, que se dedicaban a robar iglesias en los pueblos de la sierra norte de Madrid.
Formando, imagino, parte de un plan de atracción turística -como bien indica mi amigo berlangués, Koborron, no sé por qué la Diputación Provincial de Guadalajara utiliza las figuras de Don Quijote y Sancho Panza, en una ruta que, al parecer, los universales personajes de Miguel de Cervantes no hicieron- el camino dispone de alumbrado, en forma de farolas distribuídas cada pocos metros, lo cual, en mi opinión, no deja de ser todo un detalle a tener en cuenta, en el caso de que algún día las circunstancias requieran entretenerse más de la cuenta.
Situada junto al cementerio, la iglesia de Santa Coloma semeja un galeón varado en un arrecife natural, constituyendo, de hecho, un auténtico enigma en sí misma. El día, como aventuraba al principio, nublado y amenazando lluvia, no acompaña para admirar en toda su dimensión los sorprendentes efectos que, imagino, han de producir los rayos del sol colándose hacia el altar a través de las magníficas figuras hexagonales del ábside, en el que, por desgracia, faltan algunas. No obstante, se filtra la luz suficiente como para conseguir unas interesantes fotografías.
La iglesia aún conserva, intactos, los bancos para la feligresía; el atril, donde duerme su sueño de olvido y polvo un folleto con una devota oración dedicada a la Virgen María. Según se entra, a la izquierda del altar, hay un curioso tabernáculo adosado a la pared, con una no menos curiosa inscripción en latín:
'HVIVS LIV RESANATISVMVS'.
Por el contrario, el siguiente enigma se concentra en el suelo, en la parte derecha, donde una losa con una de sus esquinas inferiores quebradas, muestra otra inscripción, que el tiempo y el desgaste apenas permiten descifrar, y hasta cabe la posibilidad de que constituya la losa de una tumba.
A ambos lados de la nave, y aproximadamente en el centro, se pueden apreciar dos pequeñas salas capitulares. La sala de la derecha, se halla completamente desnuda, a éxcepción de algunos utensilios y herramientas, que descansan en soledad, arropados celosamente por una sábana de polvo.
La sala de la izquierda, de similares características, muestra, sin embargo, la imagen crucificada de un Cristo que, por sus características, bien podría tener un origen gótico o barroco.
Resulta indudable que el silencio impone, a pesar de estar en el interior de un lugar sagrado, y en vano trato de imaginarme cómo sería la congregación de monjes -incluidos, posiblemente, los milites o guerreros- que un día, hace cientos de años, decidieron servir a Dios en un lugar tan apartado y solitario.
También, por supuesto, cómo serían los primeros habitantes de aquél primitivo Albendiego y cómo, por ende, sería su vida, desarrollándose lentamente entre la retirada sarracena y el avance repoblador de las tropas cristianas en plena expansión de reconquista de la Península.

martes, 2 de octubre de 2007

Atienza: sueño medieval

'No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo
que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota'.
[Jorge Luis Borges]