sábado, 20 de octubre de 2007

Somolinos



'Yo no esperaba menos de mis ricos desiertos
que un tal engendramiento de furor y ansiedad:
su fondo apasionado brilla de sequedad,
y hasta donde en mis ojos la sed de ver avanza
de infiernos pensativos ve el fin sin esperanza...'


[Paul Valéry: 'El cementerio marino']

***
Cuando Julio César, al frente de sus curtidas legiones, cruzó el río Rubicón, aseguran los historiadores que sus palabras fueron: 'alea jacta est'. Ahora bien, resulta curiosa la manera en que estos mismos historiadores no terminan de ponerse de acuerdo en relación a su auténtico significado; lo que para unos la mencionada frase significa, literalmente, 'la suerte está echada' -y tanto, porque esa acción significó el comienzo de una cruenta guerra civil, en la que Cneo Pompeyo perdió la cabeza en Egipto y la Humanidad la insustituible Biblioteca de Alejandría-, para otros, esa supuesta literalidad no sería otra que aquella que la traduce como 'que rueden los dados'. Para los cristianos, el sentido de dicha frase equivaldría a 'que sea lo que Dios quiera', mientras que los musulmanes lo definirían como 'hágase la voluntad de Alá'. Disparidad de expresiones u opiniones, para definir, en el fondo, un concepto único e indivisible. Curiosamente, esa singular disparidad se asemeja, subjetivamente hablando, a las sensaciones personales que suelo experimentar, cada vez que la aventura me obliga a pasar por Somolinos.
Lo he hecho últimamente para dirigirme a Campisábalos y Villacadima. Y por el interés del románico que se puede degustar en estos dos pueblos -el último prácticamente en ruinas, motivo por el que bajo mi punto de vista, el tiempo no tardará en convertirlo en un auténtico pueblo fantasma, semejante a esos que se muestran en muchas películas del western norteamericano-, sé que volveré a hacerlo en varias ocasiones más en el futuro.
Tengo, como decía, disparidad de sensaciones, que siempre -no sabría explicar por qué- me recuerdan esta curiosa anécdota histórica. Tampoco sabría explicar por qué, cada vez que paso por Somolinos, con el pie apenas pisando el pedal del acelerador para no traspasar el límite de velocidad, siento que atravieso un pueblo pequeño, cuyo corazón está partido en dos por una carretera que lo atraviesa -valga la redundancia- como si fuera la famosa flecha de Cupido. Veo, también, una parada de autobús -siempre vacía y solitaria, a pesar de su buen aspecto- y no puedo evitar preguntarme cómo será la vida de esos viajeros que, seguramente, tienen que buscarse a diario el pan que llevarse a la boca en poblaciones más grandes y alejadas, que dispongan de una industria de la que allí carecen.
También veo una ermita, pequeña y solitaria, tosca y cuadrada como un hórreo asturiano a la salida del pueblo -o a la entrada, según sea la dirección de donde se venga- de fachada descolorida y los cables del tendido eléctrico rozando peligrosamente las tejas maltratadas de su tejado. Así mismo veo, en la parte baja del pueblo, aunque parcialmente oculta detrás de algunos árboles de frondosas ramas, otra iglesia cuya importancia -quizás- radica en el volumen de su estructura y a la que todavía la curiosidad no me ha empujado a visitar, aunque no dudo de que lo hará posiblemente en un futuro no demasiado lejano.
Algunas veces, he observado a mi paso, gentes sencillas que me miran curiosas, seguramente preguntándose qué motivos pueden llevar a un madrileño a pasar por allí.
Pero lo que más me llama la atención, es esa aguamarina de color azul, forma de ópalo y aguas tranquilas, que saliendo del pueblo y a mano izquierda, reflejan como un espejo parte de la agreste configuración de la Sierra de Pela. Parcialmente rodeada por un pequeño bosquecillo de árboles, donde alternan como buenos amigos aquellos de hoja perecedera con esos otros más afortunados e impasibles de hoja peremne, constituyen los primeros un augurio natural, cuyas hojas amarillentas previenen oportunamente el cambio de estación y, por tanto, en este caso, la proximidad del otoño.
Como en muchos lugares cercanos a un lago o una laguna, la homónima de Somolinos tiene estrechos senderos flanqueados de vegetación que, unidos a la prolongación que en algunos tramos suponen las ramas de los árboles, constituyen escenarios chinescos; paisajes fantasmagóricos en los que apenas consigue penetrar la luz del sol, y cuya sombra, en verano, es una garantía de frescor, sosiego y bienestar para el sudoroso excursionista.
Siendo, además, una reserva natural protegida, la fauna de la Laguna de Somolinos sobrevive con una apacible e idílica tranquilidad, sólo rota en ocasiones por el ruido de los vehículos que se desplazan por la cercana carretera.
Somolinos, pues, no deja de ser, en el fondo, un pueblo de paso que, aunque ningún poeta ha situado en las cercanías de su laguna la leyenda de un soñador persiguiendo un rayo de luna, descansa bajo las faldas de una sierra -la de Pela- cuya fama de misterio es garantía suficiente para que nunca falten visitantes que, aunque sólo sea de paso, se detengan un momento para escribir un par de notas y sacar una oportuna reseña.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Albendiego: sueño de otoño



'Alto soy de mirar a las palmeras,
rudo de convivir con las montañas...
Yo me vi bajo y blando en las aceras
de una ciudad espléndida de arañas.
Difíciles barrancos de escaleras,
calladas cataratas de ascensores,
¡qué impresión de vacío!,
ocupaban el puesto de mis flores,
los aires de mis aires y mi río'.
[Miguel Hernández]

Antes de llegar al pueblo, contrastando con el gris plomizo de las nubes, terribles emisarias de la tormenta que se avecina, un artístico cartel que representa al ilustre caballero Don Quijote de la Mancha acompañado por su inseparable escudero, el fiel Sancho, previene al viajero de que su viaje está a punto de finalizar. Poco antes de llegar a la penúltima curva -en la frontera entre los campos de labrantío y el bosque- a mano derecha y escondida entre una tupida vegetación, una casona de piedra y aspecto abandonado recuerda a aquella otra donde vivía la pérfida bruja del cuento de los hermanos Grimm, titulado 'Hansel y Grethel', aunque en ésta, visible por encima de la ventana derecha, se aprecia una curiosa cruz hecha con ladrillos. En el chamizo que hay junto a la casa, apoyadas en un oscuro dintel que nunca conoció puerta ni bisagras, dos antiquísimas ruedas de molino descansan un sueño eterno, suspirando, quizás, con esa dulce y perdida caricia de las aguas del río, el sonido de cuya corriente se puede escuchar algunos metros por detrás. Hay un caracol que se desliza parsimoniosamente -como no podía ser de otra manera- por el canto desgastado, gris y cubierto de musguillo de una de ellas, dejando un pequeño rastro plateado a su paso. Su concha muestra unas espirales que, por su forma, constituyen en sí mismas el dibujo de una pequeña galaxia. La tierra, húmeda y formando grandes charcos en algunos lugares, es suficiente testimonio de la lluvia caída durante la noche. Después de la terrible sed que acompaña a los calurosos meses de estío, toda agua caída es poca, y el campo lo agradece.
A veces, el viento agita las ramas de los árboles, haciendo sonar los cascabeles de las hojas. Es precisamente este susurro de hojas el que parece despertar en el visitante la curiosa sensación de ser portador de misterios ancestrales; de antiguos sortilegios emparentados con oscuros dioses paganos, cuyo efecto -ajeno a las rígidas leyes de la Física conocida- hubiera conseguido detener el tiempo en ese pequeño y preciso lugar, no demasiado maltratado aún por la mal llamada civilización.
He aquí la clave, el imán que atrae a éste pequeño pueblecito de apenas una cincuentena de habitantes, a multitud de curiosos; a investigadores -científicos y pseudocientíficos-, aventureros y, aunque parezca increíble, a algún que otro emigrante que ha encontrado su sitio y lugar en este pequeño punto geográfico perdido en el mapa. Resulta plausible que atraiga a algún poeta también; y apurando lo inapurable, incluso a algún místico moderno intentando seguir el rastro de aquellos santos eremitas que se retiraron a los lugares más recónditos y agrestes de ésta pinturesca región alcarreña, dando lugar a particulares cultos y leyendas. Porque resulta seguro afirmar que todo el que se deja caer algún día por Albendiego, en realidad no lo hace por casualidad, sino que busca algo.
El mayor reclamo, sin duda alguna, lo constituye la iglesia románica de Santa Coloma, siglo XII; su cercanía con otra no menos interesante ermita, la del Alto Rey, así como la presencia en la zona -al parecer- de una orden de caballería medieval, cuya leyenda, la mayoría de las veces, roza lo descabellado, hipotético e imposible: la Orden del Temple.
No me cabe duda de que todas estas circunstancias las tiene muy en cuenta don Sebastián, el sexagenario alcalde, cada vez que un forastero se acerca hasta su casa, le expone su deseo de visitar por dentro Santa Coloma y él le entrega las llaves de la iglesia.
Situada entre la plaza del Excelentísimo y Reverendísimo doctor Ricote y la calle Quintanares -resulta interesante la cenefa que adorna precisamente la casona de la esquina-, la casa de don Sebastián es un digno exponente de esa mal llamada, en mi opinión, 'arquitectura negra' que caracteriza algunas zonas y pueblos de la Guadalajara profunda.
Posee, como el resto de las casas del pueblo, una puerta de entrada pequeña, que recuerda a aquellas otras que flanqueaban el umbral de los hogares de esos curiosos personajes de la Tierra Media creados por la fantasía de Tolkien, los cuales se distinguían tanto por su valor, como por su pequeña estatura. Tiene, también, un diminuto porche donde destacan algunas macetas con flores de llamativos colores, así como un pequeño banco de piedra a cuyo pie descansa, tumbada cual largo es, una simpática perrita de raza cocker, de pelaje gris y negro.
Al contrario que en muchas otras casas de Albendiego, por encima del umbral de acceso al hogar de don Sebastián, ningún símbolo o escudo llama la atención. Y 'habelos' -como dirían en Galicia, refiriéndose a las brujas- 'haylos'.
En efecto, no deja de ser todo un reclamo que enseguida llama la atención del forastero, la prolífica cantidad de umbrales adornados con símbolos cabalísticos, entre los que destaca la exalfa o Sello de Salomón, con cruz incluída en el centro que, por ejemplo, luce el pórtico de la casa anexa a la de don Sebastián.
No demasiado lejos de allí, en otra de las calles transversales a la plaza, es posible apreciar -al lado de un número 3 pintado en rojo- una especie de flor encerrada en un círculo, cuyos pétalos forman, también, una exalfa, elemento éste bastante común en muchas iglesias románicas, que se suele identificar como 'la flor de la vida'. Cerca de ésta, el pórtico de otra casa luce una forma indefinible a simple vista, pero en cuya parte interior destaca la figura inconfundible de un diminuto corazón.
No obstante, y sin lugar a dudas, dada su rareza y difícil interpretación, el escudo que se puede apreciar en la Plaza del Dr. Ricote, deja abiertas, al amante de los misterios, multitud de posibilidades, despertando, de paso, los idus de su imaginación.
Como digo, enclavado en la pared, como si formara parte de un ventanuco condenado, el enigmático escudo muestra los siguientes elementos: en la parte superior, lo que parece ser un ángel encima de una nube; en la parte inferior, una calavera con las tibias cruzadas -el típico emblema de la Jolly Rogers, la bandera pirata que, según algunos autores sensacionalistas, habría sido creada por templarios convertidos en filibusteros, que actuaban en la clandestinidad una vez definitivamente disuelta la Orden en 1312-; a cada lado, semejantes a calaveras, seis pequeñas cabezas.
Surgen, inevitablemente, las preguntas acerca de su origen: ¿herencias ancestrales?. ¿Elementos de antiguas edificaciones, utilizados por los vecinos como adornos para sus casas?. Tentado estoy de preguntárselo a don Sebastián, en el preciso momento en el que -sin peros ni objeciones- me entrega la llave de la iglesia de Santa Coloma.
Según me dirijo hacia allí, siguiendo la senda de un camino que parece definir frontera entre campo y bosque, llanura y monte, no dejo de pensar en todo esto.
Me llama la atención, sin embargo, el acto de confianza de don Sebastián al entregarme, sin ningún tipo de desconfianza, la llave de la iglesia y no puedo evitar recordar a esa banda de auténticos desalmados recién desarticulada por la Guardia Civil, que se dedicaban a robar iglesias en los pueblos de la sierra norte de Madrid.
Formando, imagino, parte de un plan de atracción turística -como bien indica mi amigo berlangués, Koborron, no sé por qué la Diputación Provincial de Guadalajara utiliza las figuras de Don Quijote y Sancho Panza, en una ruta que, al parecer, los universales personajes de Miguel de Cervantes no hicieron- el camino dispone de alumbrado, en forma de farolas distribuídas cada pocos metros, lo cual, en mi opinión, no deja de ser todo un detalle a tener en cuenta, en el caso de que algún día las circunstancias requieran entretenerse más de la cuenta.
Situada junto al cementerio, la iglesia de Santa Coloma semeja un galeón varado en un arrecife natural, constituyendo, de hecho, un auténtico enigma en sí misma. El día, como aventuraba al principio, nublado y amenazando lluvia, no acompaña para admirar en toda su dimensión los sorprendentes efectos que, imagino, han de producir los rayos del sol colándose hacia el altar a través de las magníficas figuras hexagonales del ábside, en el que, por desgracia, faltan algunas. No obstante, se filtra la luz suficiente como para conseguir unas interesantes fotografías.
La iglesia aún conserva, intactos, los bancos para la feligresía; el atril, donde duerme su sueño de olvido y polvo un folleto con una devota oración dedicada a la Virgen María. Según se entra, a la izquierda del altar, hay un curioso tabernáculo adosado a la pared, con una no menos curiosa inscripción en latín:
'HVIVS LIV RESANATISVMVS'.
Por el contrario, el siguiente enigma se concentra en el suelo, en la parte derecha, donde una losa con una de sus esquinas inferiores quebradas, muestra otra inscripción, que el tiempo y el desgaste apenas permiten descifrar, y hasta cabe la posibilidad de que constituya la losa de una tumba.
A ambos lados de la nave, y aproximadamente en el centro, se pueden apreciar dos pequeñas salas capitulares. La sala de la derecha, se halla completamente desnuda, a éxcepción de algunos utensilios y herramientas, que descansan en soledad, arropados celosamente por una sábana de polvo.
La sala de la izquierda, de similares características, muestra, sin embargo, la imagen crucificada de un Cristo que, por sus características, bien podría tener un origen gótico o barroco.
Resulta indudable que el silencio impone, a pesar de estar en el interior de un lugar sagrado, y en vano trato de imaginarme cómo sería la congregación de monjes -incluidos, posiblemente, los milites o guerreros- que un día, hace cientos de años, decidieron servir a Dios en un lugar tan apartado y solitario.
También, por supuesto, cómo serían los primeros habitantes de aquél primitivo Albendiego y cómo, por ende, sería su vida, desarrollándose lentamente entre la retirada sarracena y el avance repoblador de las tropas cristianas en plena expansión de reconquista de la Península.

martes, 2 de octubre de 2007

Atienza: sueño medieval

'No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo
que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota'.
[Jorge Luis Borges]


viernes, 21 de septiembre de 2007

Fiestas de Guadalajara 2007: desfile de cuadrillas

'Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
-así en la costa un barco- sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega al mar tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa'
(Antonio Machado)

jueves, 20 de septiembre de 2007

Fiestas de Guadalajara 2007: Cuadrilla la 'Agüela'




'Del romance castellano
no busques la sal castiza;
mejor que romance viejo,
poeta, cantar de niñas'.
Déjale lo que no puedes
quitarle: su melodía
de cantar que canta y cuenta
un ayer que es todavía'
[Antonio Machado]



El pasado día 10 de septiembre, comenzaron oficialmente las Fiestas de Guadalajara. Engalanadas y coquetas, las calles de ésta capital alcarreña bullían con entusiasmo, propagando a los cuatro vientos la alegría de sus vecinos. Antigua, añeja como el buen vino y adaptable, sin duda, a los tiempos, la Tradición hace de las Cuadrillas elementos imprescindibles de color, que aportan -metafóricamente hablando- la pólvora necesaria para hacer que la Fiesta sea más espectacular que el año anterior. La dotan, pues, de carácter.
No hay vergüenza en la alegría, como tampoco hay fiesta donde no se vierta por las aceras la sangre ardiente de las viñas, que engordan -cual glotones bebés- mamando directamente de los pezones de la tierra. El fin justifica los medios. Por eso, en toda fiesta que se precie, el exceso está justificado, aunque las opiniones sean tan variables como el tiempo.
No es de extrañar, por tanto, que las familias se conviertan en pinos, y unidos como su fruto, participen juntos en el evento, estrechándose aún más, si cabe, los lazos que les unen. Estos mismos lazos que les unen, mucho más todavía, a aquellos que están lejos, y sobre todo a aquellos otros que ligeros de equipaje -como diría el poeta Antonio Machado- descansan ya bajo la tierra. Es el lado amargo de la Fiesta, que a todos nos cobra tributo y al que ninguno estamos exentos de rendir pleitesía.
Pero dentro de este lado amargo, existe también un lado positivo; un rayo de esperanza, que se perpetúa en el futuro. Me refiero, por supuesto, a los alevines, que apenas un palmo más altos que el suelo sobre el que dan sus inseguros pasos, comienzan a integrarse y desfilar con las cuadrillas.
La 'Agüela' ya no puede ver a estos nuevos alevines que disfrutan en la cuadrilla que ella mimó con tanto amor y devoción. Pero no importa, porque en el fondo, tener la suerte de entrar, aunque sólo sea un momento en el santa-sanctórum de su cuadrilla, convencerá al honrado visitante de que la 'Agüela' sigue ahí; que siempre ha estado ahí; que la fecha 20 de noviembre de 2006, en realidad, sólo significa que la 'Agüela' cerró los ojos para descansar. Y que cada 10 de septiembre, fecha de su cumpleaños y principio de la fiesta, la 'Agüela' abre otra vez los ojos al mundo, desfilando en el recuerdo y en los corazones de los mozos y mozas de la cuadrilla, que la acompañarán, junto a su emblema, por las calles de Guadalajara hasta el Ayuntamiento.
A Montse, Aroa y la cuadrilla La Agüela: gracias por la invitación.


jueves, 13 de septiembre de 2007

Ermita Santo Alto Rey


'¿Dónde estarán?, pregunta la elegía
de quienes ya no son, como si hubiera
una región en que el Ayer pudiera
ser el Hoy, el Aún y el Todavía'.
[Jorge Luis Borges]
Enclavada no demasiado lejos de Albendiego, en uno de los puntos más altos de la Sierra de Pela -a 1.862 metros de altitud, aproximadamente- la subida a la peculiar ermita del Alto Rey (en época de Felipe II, se la conocía como Santo Alto Rey) resulta toda una aventura digna de tener en cuenta. Sorteando los obstáculos de una carretera plagada de curvas -en muchas de ellas, uno no puede ver lo que le viene de frente hasta no tenerlo encima, por lo que se recomienda prudencia al volante- la ascensión discurre por un paisaje espectacular, donde cabe la posibilidad de que algún ciervo atraviese la carretera como alma que lleva el mismisimo diablo, dando un susto de muerte al sorprendido conductor.
Zona agreste y hermosa como pocas, a pesar de contar con tupidos bosques -raro es no encontrarse carteles a todo lo largo y ancho del recorrido que advierten 'Coto privado de caza'- no hace falta disponer de una brújula a la que consultar, por temor de perder el norte de nuestro destino. Basta con seguir las figuras de las torres de repetición que la compañía Amena ha instalado -imagino que sobrevalorando el interés pecuniario frente al carácter sacro y centro romero del lugar- junto a la ermita, para tener siempre claro dónde se encuentra nuestro objetivo.
Tampoco resulta extraño, que el visitante primerizo se lleve alguna que otra desagradable sorpresa cuando, preparándose para adentrarse por el único camino practicable que conduce a la ermita, se encuentre unas cadenas y un cartel -desconcertante, en mi opinión- que le prohíbe el paso, advirtiéndole de la presencia de una base militar. No obstante, si tiene la suerte de encontrarse con las cadenas quitadas, así como el valor suficiente de desafiar la prohibición y se adentra con el coche carretera arriba, disfrutará, no me cabe duda, de la visión de unas vistas panorámicas impresionantes. Sentirá cierto recelo, posiblemente, cuando pase por las mismas puertas de la base aunque, posiblemente y para alivio suyo, no vea a ningún centinela que le dé el alto, apuntándole con la boca del cañón de su metralleta, instándole a identificarse e invitándole -seguramente de no muy buenos modos- a dar marcha atrás y regresar por donde a venido.
Por supuesto, tendrá que dejar el coche unos doscientos metros más arriba de la base, porque a partir de allí, el camino es impracticable para otra clase de vehículo que no sea un 4 x 4. Pero verá que éste es un detalle insignificante, porque su objetivo apenas queda a una treintena de metros más arriba.
Para una persona acostumbrada a ver iglesias y ermitas de todo tipo, la extraña forma de la ermita del Santo Alto Rey, le dejará absolutamente perplejo. Más que en una ermita, propiamente dicha, su sola visión, unida al gris ceniciento del color de su piedra, le hará imaginarse que se encuentra frente a la entrada de un búnker. Tal vez, teniendo en cuenta la cercanía de las instalaciones militares, piense que se encuentra junto a la entrada de uno de esos refugios atómicos que tan de moda estuvieron en tiempos de la guerra fría, cuando Occidente veía de una forma mucho más cercana el peligro de una guerra nuclear.
Pero la lectura de un pequeño cartel le convencerá enseguida de que se encuentra en el sitio y lugar que pretendía visitar, aunque se dé con las puertas en las narices. En el fondo, su aventura no será un completo fracaso, pues la ermita no tiene puertas, aunque sí una verja que limita el acceso. A través de ella, podrá ver algunos detalles -no todos los que desearía, desde luego- no carentes de interés. Podrá ver, por ejemplo, el paso de algún que otro estúpido e irreverente personaje que ha dejado la huella de su visita en el interior de las abovedadas paredes, junto a una representación en la piedra de una especie de copa de la que fluyen tallos de flor o chorros de agua, según se mire, y que le harán pensar en una señal de carácter griálico dejada por los caballeros templarios que anduvieron por aquellos sacros y solitarios parajes hace tantos años, donde apenas poco o nada queda de la huella de su presencia en el lugar. Verá también, junto a la entrada, algunas marcas de cantería que se confunden con otras 'marcas de tontería' dejadas por el irrespetuoso de turno, que probablemente le producirán sensaciones de revulsivo desprecio.
Observará, mirando hacia la izquierda a través de la verja -siempre puede meter el brazo armado con la cámara a través de ella para conseguir llevarse a casa algunas instantáneas- un bonito altar que todavía conserva los cirios y algunas flores de la romería del domingo anterior, así como la inconfundible figura de un sugestivo crismón: el monograma de Cristo, formado por las letras griegas X (ji) y P (ro) superpuestas, escoltadas a ambos lados por las letras -griegas también- alfa y omega, principio y fin.
Tampoco se sentirá demasiado decepcionado, si pasea por la pasarela de hierro que cerca la parte derecha de la ermita, situada junto al desfiladero, y obtiene una impresionante visión de conjunto de buena parte de la llamada 'extremadura castellana', aprovechando la ocasión para llenar sus pulmones de un aire puro y refrescante, que a buen seguro conseguirá despertar su apetito y hacer que su encuentro con la naturaleza merezca la pena.
Y puede que hasta, cuando abandone el lugar, y mientras conduce procurando no perder detalle de la carretera, suponga que si quienes levantaron una ermita en un lugar tan desolador, aislado y hasta cierto punto, lóbrego pensaron que no lo hacían por azar, sino por un motivo de importancia determinante, sus buenas razones tendrían.
En mi opinión -aunque reconozco que desde cierto punto de vista soy un romántico de los enigmas templaristas- no importan los motivos que lleven allí a cada uno; no importa -al menos, no lo suficiente- no hallar un rastro más o menos claro de la presencia del Temple en el lugar, como así parecen tenerlo numerosos autores; no importa, si por allí situó alguna leyenda la presencia del controvertido Grial en tiempos; no, nada de eso importa. Importa saber -y mucho, creo- que hay algunos lugares que, por algún misterioso y aún desconocido fenómeno, parecen encontrarse -anímicamente hablando- más cerca que otros del cielo. La ermita del Alto Rey es uno de ellos; allí, solitaria y humilde, enclavada en lo más alto; ultrajada sin respeto alguno por elementos que incluso ni las personas quieren tener a su lado, por temor al cáncer y otras enfermedades; esperando siempre en silencio la llegada del próximo año, en que la romería de los pueblos de alrededor la haga ser reina y centro de atención por un día. Y sobre todo, pidiendo a gritos respeto.
Por favor, recordemos las humildes palabras del cartel: 'lugar sagrado, reza y cuídalo'. Ser ateo, no significa ser necesariamente salvaje.


miércoles, 12 de septiembre de 2007

Albendiego: iglesia de Santa Coloma





'Del siglo XII al XV, pobreza de medios, pero riqueza de expresión; a partir del XVI, belleza plástica, mediocridad de invención. Los maestros medievales supieron animar la piedra calcárea común; los artistas del Renacimiento dejaron el mármol inerte y frío.'
[Fulcanelli: 'El misterio de las catedrales']


Declarada monumento histórico-artístico nacional en 1965, la iglesia de Santa Coloma llama poderosamente la atención, no sólo por la belleza del lugar donde se asienta -en las cercanías de la Sierra de Pela, a orillas del río Bornoba o Bornova- como por la exhorbitante riqueza artística y geométrica de su ábside, que se presta a multitud de estudios e interpretaciones. Enclavada a escasos 300 metros del pinturesco pueblecito de Albendiego -el número de cuyos habitantes apenas sobrepasa la cincuentena- se accede a ella siguiendo la encantadora senda de un camino, que produce en el visitante sensaciones parecidas a aquellas otras cantadas en verso por Antonio Machado cuando paseaba por las riberas del Duero.
Si algo destaca del paseo -aparte de las crucetas, orientadas hacia lo más alto de la Sierra de Pela, donde se ubica otra no menos curiosa ermita, la de Santo Alto Rey; la frondosidad de los bosques subyacentes y los árboles que lo flanquean- es la extraordinaria sensación de paz que se respira; sensación, por otra parte, que en cierto modo seduce al visitante, haciéndole pensar -y no erróneamente, en mi opinión- que encamina sus pasos hacia un lugar carismático y especial.
En concordancia con esta sensación, uno no tarda en divisar la fachada de la iglesia, elevándose, imponente, sobre los muros tachonados de gris y jalonados, a trechos, por sencillas crucetas de piedra, del Cementerio Municipal.
Antes de continuar, creo que es importante reseñar que, en términos etimológicos -reconozco que aprovecho parte de la información remitida por un buen amigo de la tierra de Berlanga- que el vocablo 'albendiego', aparte de connotaciones de origen árabe, como no podía ser menos -vendría a significar algo así como 'el hijo de Diego'- guarda también parte de sus raíces en la antigua lengua celta, en base a la cual, podría traducirse como 'fuente alta, o blanca, de Diego'.
Resulta curioso, porque ambas lenguas parecen hacer referencia a un nombre propio -Diego- aunque, según me consta, hasta el momento, nadie ha hecho referencia alguna a la realidad y motivo histórico de dicho personaje, y considero que puede ser un dato muy interesante a la hora de situar la posible importancia del lugar, saber exactamente quién era éste, sin desvirtuar el hecho de que la mayoría de apellidos -González, García, Núñez, etc, por poner un ejemplo- venían a hacer referencia, también, al indicativo 'hijo de'. ¿Se trataba, pues, de algún personaje de la nobleza de la época?. ¿De algún noble, quizás?. ¿De alguien lo suficientemente importante, como para dejar su impronta en el recuerdo de los habitantes del lugar?.
A este respecto, y como dato curioso -aparte de la plausible presencia templaria en la zona- añadir que, según 'fuentes' consultadas en Internet, el topónimo 'diego' -aparte de ser un nombre masculino de origen griego- es también una derivación medieval de Sant Yago o Santiago. Y ya sabemos todos, la importancia que este nombre conlleva no sólo en lo que se refiere al ámbito de la Península Ibérica, sino al resto del mundo en general. Si a esto, también le añadimos la cercanía a otra curiosa y en cierto modo, enigmática ermita, situada en uno de los lugares más altos de la Sierra de Pela y que luce, al menos en una de sus paredes interiores un evidente signo griálico, podemos tener el principio de un argumento -posiblemente menos complejo, aunque no por ello menos interesante- digno de las secuelas 'brownianescas' que proliferan en las editoriales hoy en día, y hacen -¿Por qué no reconocerlo?- las delicias de los lectores. Sobre esto, que cada uno saque sus propias conclusiones.
Pero volviendo otra vez nuestra atención a la iglesia de Santa Coloma y su entorno, sorprende la sencillez del pórtico -a diferencia de la riqueza artística y extraordinaria belleza de otros pórticos, como el de la cercana iglesia de Santa María del Rey, en Atienza, muy cerca del castillo- descrito en algunas guías como de 'arco gótico rebajado', siendo el motivo decorativo de sus capiteles, elementos vegetales y geométricos.
Ahora bien, a medida que uno avanza en dirección al ábside, comienza a apreciar detalles de sofisticación, ante cuya visión no queda, en absoluto, decepcionado.
No resulta difícil dejar vagar la imaginación cuando se contempla, en una especie de ménsula cilíndrica adosada a la pared, una exalfa o estrella de seis puntas (dos triángulos superpuestos), más conocida, quizás por la gente, como el 'Sello de Salomón', cuyo significado, como no podía ser menos, va mucho más allá de la simple explicación oficial basada en el conferimiento de un carácter oriental de sus autores.
Simbológicamente hablando, ésta exalfa o estrella de seis puntas, representaría el macrocosmos: 'la relación entre el universo y el hombre considerado como medida de todas las cosas, que se basa en el simbolismo del hombre universal y en la correspondencia que este tiene con los signos del zodíaco, los planetas y los elementos' (1).
En términos alquímicos, contendría los cuatro elementos primordiales: fuego, agua, aire y tierra, señalados individualmente por las puntas de los triángulos. De tal manera, que el triángulo cdon la punta hacia arriba, representaría el fuego; el triángulo invertido, el agua; el triángulo del fuego truncado por la base del triángulo del agua, representaría el aire; y el triángulo del agua truncado por la base del triángulo del fuego, representaría la tierra.
Por otra parte, en el otro extremo de la ménsula, encontramos otro elemento no exento de una rica simbología también: una estrella de ocho puntas.


[En construcción]
(1): 'Diccionario de Alquimia, Cábala y Simbología', José Felipe Alonso Fernández-Checa, Ediciones Publicaciones, 1ª Edición, junio 1993.