martes, 20 de diciembre de 2011

La Ciudad Encantada de Tamajón




'Sentado en una peña, el Troll

alza triste cantar:

¿Por qué, por qué he de vivir yo

tan solo en Más Allá?
Ha tiempo que partió mi pueblo

y ya no piensa en mí;

entre la Cima de los Vientos

y el Mar, quedé yo aquí...' (1)



Uno prácticamente se tropieza con ella, a poco menos de un kilómetro de Tamajón. En realidad, la visita es obligada, pues varios carteles que la señalan como Ciudad Encantada, espolean la imaginación del curioso, y una vez desbocada ésta, no hay rienda lo suficientemente fuerte, para sujetar su desenfrenado galope. Es el corcel más veloz que posee el ser humano, y de hecho, el único capaz de hacerle ver maravillas en lo que otros simplemente ven un erial. Quizás no parezca una cosa del otro mundo, pero al poco de deambular por ella, y dejándose aconsejar por la Imaginación, difícil resulta no tener la perspectiva de llegar a considerarla, cuando menos, un lugar curioso. Un lugar donde, por poco que se esfuerce la vista, incluso el más escéptico llegará a vislumbrar, si no a ese Troll del poema de Tolkien, sí a algún pariente lejano que por alguna maldición, quedó atrapado en un molde de piedra a merced del viento y la lluvia. Porque esos son los verdaderos dioses que, pacientemente, han ido moldeando a su antojo un pequeño mundo que aún, al cabo de los siglos y milenios, continúa despidiendo fumarolas de humo evanescente con intenso olor a azufre y paganismo. Tal vez esto explique, de alguna manera, la presencia de una curiosa ermita algunos metros más allá, dedicada a la Virgen de los Enebrales, de gran devoción en la comarca, por su fama de milagrera. Una verja impide el paso al interior, de manera que los peregrinos ya no pueden cobijarse en ella y descansar, como antaño.

Al contrario que la ermita, las melancólicas casas de la Ciudad Encantada, están abiertas a todo el mundo. Las puertas, los goznes y los cerrojos, hace tiempo que han desaparecido, roídos por el óxido del olvido. A veces, cuando el viento se cuela por los recovecos de las rocas o por esas oscuras cavidades que quizás en tiempos albergaran ánforas de exquisito vino, uno piensa en el lamento de una princesa mora hechizada, o quizás, en el rugido inquieto de un dragón dormido en las profundidades, allá donde las aguas se deslizan furtivamente para después aflorar a la superficie y convertirse en fuentes con propiedades milagrosas.

Al frente, y al contraluz, una esfinge mira imperturbable hacia el Oeste; quizás hacia ese mismo lugar donde el sol muere todos los días y al que acude el peregrino a recoger un pedacito de sueño al final de su camino: el Finis Terrae. Hay, entre medias, campos de labor que comienzan a sacudirse el yugo de la escarcha y mensajeros de los dioses, con su feo plumaje negro, que escarban entre los surcos para llevarse al pico el premio de una lombriz.

Pero todo es solamente una ensoñación. Cuando el caballo de la Imaginación regresa al establo y se tumba, no puedo por menos de pensar, que quizás he estado en un sanatorio al aire libre donde los locos acudimos para sacudirnos el polvo acolchado del aburrimiento cotidiano, y de paso, recuperar parte de la cordura perdida a base de electroshocks de misterio y de belleza.




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(1) John Ronald Reuen Tolkien: 'Cuentos desde el Reino Peligroso', Ediciones Minotauro, S.A., 2010, página 194.




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