martes, 4 de agosto de 2015

Pastrana, lugar de encuentro de bikers


A veces ocurre por casualidad: se llega uno hasta una población determinada, bien buscando algo en particular o bien dejándose simplemente llevar por los diferentes encantos de su riqueza artístico-cultural y se encuentra con un espectáculo inesperado. Ocurrió en Pastrana, el pasado mes de mayo, algunos minutos después de dejar momentáneamente una Plaza de la Hora prácticamente desierta, mientras -tal vez suene mal decirlo, pero es la pura verdad-, husmeaba curiosón, cuando no fascinado, en las habitaciones privadas de toda una Grande de España: la princesa de Éboli. Pero que nadie se llame a escándalo y que me perdone, que tanto me da, su Majestad Don Felipe II, que había prohibido terminantemente las visitas, pues juro y perjuro que en mis intenciones no había dengue pitocrático o donjuanesco alguno y sí, quizás, un interés sufí, cuasi-místico por saber hasta qué punto, séase Grande o Pequeño en España, en el Congo o en la China, una persona puede vivir emparedada la mitad de su vida y no intentar, siquiera una vez, romperse la crisma contra los barrotes de su prisión. Pero claro, eso es otra historia. Nada más cierto, que hubo un momento -suddenly, dirían los americanos, que ya le pusieron ese título a un clásico del cine negro en el que la Voz, es decir, Frank Sinatra hacía de malo, pero malo, malo-, en que repentinamente -recuerden: suddenly- la voz de la guía se acalló y en su lugar, el rugido de cien truenos furibundos me sacó de esa pequeña ensoñación, en la que meditaba sobre un episodio tan cruel de la crónica negra de nuestro Siglo de Oro. Pero claro, eso es otra historia, y como bien dice el refranillo popular, una imagen vale más que mil palabras. Sirva, no obstante, como preámbulo al próximo recorrido lúdico-cultural -¡jolines, que no todo va a ser siempre románico!- por una de las ciudades más atractivas y encanto históricamente constatadas de Guadalajara: Pastrana, Quedan, pues, invitados a acompañarme.

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